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"Y quizás, maestro, muy temprano percibiste
lo que significa la hermandad en una prole de esclavos
pugnando por un viaje de retorno a media travesía,
escupiendo a sus propios poetas,
prefiriendo alcohólicos a sus pintores,
para su solemne catálogo de suicidas,
mientras más me acercaba a tu soledad, César Vallejo,
y a tus jueves de aguaceros."
Estos versos pertenecen al libro Another Life (1973) de Derek
Walcott, poeta de las Antillas de Barlovento, premio Nobel en
1992. Yo leí con admiración este poema dedicado
a nuestro vate de Santiago de Chuco junto con otros del Nobel,
de quien había leído poco anteriormente, que salieron
publicados en la revista Hueso Húmero # 30 (1994). Lo poco
que había leído de Walcott con anterioridad fueron
los poemas y la entrevista que salieron por entregas en el diario
La República en 1992 a raíz de su premio. Fue en
1997 que salió publicado un artículo del poeta Washington
Delgado, en el Dominical del diario El Comercio; El Nobel para
Santa Lucía se titulaba, y fue este texto tan sencillo
y hondo (como el poema de Walcott que allí se analizaba)
del autor de Muerte de Artidoro lo que despertó definitivamente
toda mi atención para la deslumbrante poesía del
antillano (en el año 2000 tuve la ocasión de hacérselo
saber en persona al apreciado maestro y poeta lamentablemente
fallecido hace poco). El poema que trataba Washington era La luz
del mundo, perteneciente al libro The Arkansas Testament (1987).
Lo que pude leer a continuación, un par de años
después, fue Odiseos (por fin un libro entero) que me prestó
un amigo, el poeta José Pancorbo. Fue acabando el milenio
pasado que recién pude acceder a casi todo de Walcott,
en la biblioteca de la Universidad de El Paso, Texas. Y no hace
mucho _ y después de tiempo nuevamente dedicado a alimentar
mi biblioteca _ pude conseguir el libro en el que está
el poema que, a apenas conociéndolo en fragmentos, me había
cautivado con tal fuerza como contados poemas lo pueden lograr
Quien tiene esa capacidad de cautivarme todavía es Vallejo.
Tal vez el poema que más me gusta de él es uno que
pertenece al conjunto que póstumamente titularon Poemas
Humanos. Es el que inicia con "Me viene, hay días,
una gana ubérrima, política...", un texto construido
a partir de reiteraciones, enumeraciones y yuxtaposiciones de
contrarios que expresan esa "gana ubérrima".
El poema es muy conocido y ha sido estudiado reiteradas veces.
El sentimiento de solidaridad, como lo afirma James Higgins, hace
que Vallejo quiera "amar a todos los hombres, quieran o no.
El suyo es un amor que abarca a todos _ los pobres, los débiles,
los malos, hasta sus enemigos." Y más adelante: "Es
el amor de un solo hombre pero abarca a toda la humanidad. Es
parroquial en cuanto Vallejo ve el mundo como una sola comunidad
grande en la que todos los hombres son sus vecinos. Es un amor
que ignora las barreras de la moralidad."
El subconsciente debe ser un catálogo de imágenes
que cargan conceptos, sentimientos; de olores que arrastran escenas,
que guardan vida pasando la última puerta de la memoria.
A mí me pasa con frecuencia, que una canción nueva
me llama la atención porque me remite a otra canción
clásica, un fragmento por lo menos, o a veces una atmósfera
tan solo. Y ocurre, además, que al recordar aquella canción
clásica traiga al presente imágenes o escenas de
mi pasado ligadas a esa música. Habiendo pasado el tiempo
y olvidado el poema de Walcott dedicado a Vallejo, eso me pasó
con el poema del Nobel, algo me hacía entrelazar estos
dos poemas, La luz del Mundo y "Me vienen hay días...".
En palabras de Washington Delgado el poema de Walcott "desarrolla
una anécdota banal: el viaje en autobús interurbano".
El poeta está en aquel autobús camino al hotel donde
se hospedará, pero el viaje resulta ser más que
un simple tránsito interurbano: es el reencuentro con sus
raíces, con su pueblo, y en ese estado de intensa comunión
con el resto de pasajeros, gente humilde y al parecer en su mayoría
de raza negra, trae a su especie de monólogo interior una
serie de personajes femeninos, tanto los que están presentes
(la muchacha negra con la que sueña que sea su mujer) como
los del recuerdo (su madre). "Los temas y motivos poéticos
en este libro de Walcott, decía Washington, son variadísimos:
el amor, la soledad, los recuerdos, los paisajes y gentes de su
tierra con sus problemas individuales y sociales, la antigüedad
grecolatina, la Edad Media sajona, la cultura clásica francesa,
la guerra de Secesión norteamericana, el racismo, la libertad."
Casi todos esos temas están presentes en este poema efectivamente.
Pero a lo que quiero acercarme en este texto es al amor que llega
a sentir el poeta.
"Y yo les había abandonado, lo supe
allí,
sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el
mar,
con hombres inclinados sobre canoas, y las luces naranjas
de la punta de Vigie, negras barcas en el agua
yo, que nunca pude dar consistencia a mi sombra
para convertirlas en una de sus sombras, les había dejado
su
tierra,
sus peleas de ron blanco y sus sacos de carbón,
su odio a los capataces, a toda autoridad.
Me sentía profundamente enamorado de la mujer junto a
La ventana."
La conciencia de su abandono (de su tierra, su raza, su lengua:
el autoexilio), a raíz del maravilloso pasaje de la anciana
con sombrero que sube al autobús, antecede al de su enamoramiento
con la muchacha: "Quería marcharme a casa con ella
aquella noche./ Quería que ella tuviera la llave de nuestra
cabaña/ junto a la playa en Gros-Ilet; quería..."
Y al final de la estrofa: "y decirle en silencio/ que su
cabello era como el bosque de una colina en la/ noche,/ que un
goteo de ríos recorría sus axilas,/ que le compraría
Benin si así lo deseaba,/ y que jamás la dejaría
en la tierra. Y decírselo también a los/ otros."
Pero luego ese amor se extiende a todos: "Porque me embargaba
un gran amor capaz de hacerme/ romper en llanto,/ y una pena que
irritaba mis ojos como una ortiga,/temía ponerme a sollozar
de repente/ en el transporte público con Marley sonando
(...) Yo quería que el autobús/ siguiera su camino
para siempre, que nadie se bajara/ y dijera buenas noches a la
luz de los faros (...) quería que la belleza de ella/ penetrara
en la calidez de la acogedora madera" : Pero el autobús
se detuvo y él había llegado a su destino, el Hotel
Halcyon: "Me bajé del autobús sin decir buenas
noches./ Ese buenas noches estaría lleno de amor inexpresable./
Siguieron adelante en su autobús, me dejaron en la tierra."
Ese "amor inexpresable", que le hace desear, que le
hace "querer", es el que me conecta con Vallejo: "Me
viene, hay días una gana ubérrima, política,/
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,/ y me
viene de lejos un querer/ demostrativo, otro querer amar, de grado
o fuerza,/ al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,/
a la que llora por el que lloraba, al rey del vino, al esclavo
del agua,/ al que ocultóse en su ira,/ al que suda, al
que pasa, al que sacude su persona en/ mi alma..." Lo que
Vallejo dice de manera general y de modo directo y breve, Walcott
lo dice partiendo de una anécdota, con un relato poético
lleno de mixturas. Pueden encontrase similitudes en ambos poetas,
que son originarios de tierras del tercer mundo, países
periféricos, con conciencia de su mestizaje racial y cultural,
que han vivido el autoexilio, pero este "amor inexpresable"
expresado magistralmente por ambos es lo que los hace universal
y portadores de, en palabras de Washington al referirse al antillano,
"una luz radiante, un firme faro de humanidad y belleza en
el mundo contemporáneo".
La penúltima estrofa del poema de Vallejo dice: "Ah,
querer, éste, el mío, éste, el mundial,/
interhumano y parroquial, provecto!/ Me viene a pelo,/ desde el
cimiento, desde la ingle pública,/ y, viniendo de lejos,
da ganas de besarle/ la bufanda al cantor,/ y al que sufre, besarle
en su sartén,/ al sordo, en su rumor craneano, impávido;/
al que me da lo que olvidé en mi seno,/ en su Dante, en
su Chaplin en sus hombros." Esta parte la analiza Leopoldo
Chiappo en su Estudios de la Comedia. Estudios Dantianos; acerca
del significado de "Dante" en el poema de Vallejo nos
dice: "Ya Boccaccio había observado que Dante, hipocorístico
con el cual se ha inmortalizado Durante Alighieri, quiere decir
"el que da", es decir, se trata (tanto en italiano como
en castellano) del participio activo del verbo 'dar' (...) Vallejo,
con intuición poética, rescata la significación
del nombre propio del poeta Dante, insuflándole el sentido
dinámico de verbo activo participial 'dante', 'quien da',
'dador', el que 'siempre está dando', donador, fuente incesante."
Luego Chiappo señala algo más: "Recordemos
las palabras citadas del poema: quien es besado en su sartén
es alguien que sufre (...) quien es besado en su Dante, es decir,
en su ser noblemente donante, es quien me da, no cualquier cosa,
secundaria, superflua o accidental, sino nada menos lo que es
lo más importante, que es la donación de aquel quien
'me da lo que olvidé en mi seno' (...) en lo más
profundo de mi mismo, en mi propio ser, en mi penetral..."
Entonces vamos entendiendo que "Dante" es el donante
del propio ser, pero, siguiendo a Chiappo: "del poeta Dante
entendido como quien puede darnos lo que habíamos olvidado,
lo que estaba cancelado, perdido, no en cualquier parte, pues
no se trata de nada adjetivo o adventicio, sino en lo más
profundo de nuestro propio ser y que es nuestro ser propio."
Y más adelante, como si se tratara del análisis
del poema de Walcott: "Dante es la grandeza que está
en cada hombre, es el exiliado, el sufriente, el amante que llevamos
dentro con la capacidad de despertar en nuestros hermanos hombres
humanos lo que habían olvidado en su seno, es decir, la
posibilidad de vivir desde sí mismos, desalienados. El
que me ama es mi Dante, el que me despierta lo que me había
olvidado en mi seno, me hace vivir y ya no desvivo más.
Me dona la única, la verdadera donación."
Ahora veamos cómo acaba el poema de Walcott. Nos habíamos
quedado que con tristeza había tenido que bajar del autobús,
pues había llegado a su paradero: "Entonces, un poco
más allá, el vehículo se detuvo. Un/ hombre/
gritó mi nombre desde la ventanilla./ Caminé hasta
él. Me tendió algo./ Se me había caído
del bolsillo una cajetilla de cigarrillos./ Me la devolvió.
Me di la vuelta para ocultar mis lágrimas./ No deseaban
nada, nada había que yo pudiera darles/ salvo esta cosa
que he llamado 'La Luz del Mundo'". El poeta sufre al no
poder darles inmediatamente aquello que todos los pasajeros del
autobús le habían dado y sin saberlo, que sería,
recogiendo el análisis de Chiappo, aquello que guarda la
palabra Dante. Si bien este poema no termina con un final feliz
_ aunque el haberles dado finalmente este poema "La Luz...",
su ser propio, invierte paradójicamente este aparente final
triste _ , el de Vallejo tampoco acaba bien. También paradójicamente
nos dice, y no sin menos emoción: "Quiero, para terminar,/
cuando estoy al borde célebre de la violencia/ o lleno
de pecho el corazón, querría/ ayudar a reír
al que sonríe, ponerle un pajarillo al malvado en plena
nuca,/ cuidar a los enfermos enfadándolos,/ ayudarle a
matar al matador - cosa terrible -/ y quisiera yo ser bueno conmigo/
en todo."
Para nada aquí quiero sugerir que Walcott se ha basado
en el poema de Vallejo para escribir su poema. El alma es universal
así como la estructura humana, y cuando la emoción
nos desborda simplemente utiliza formas poéticas para comunicar
lo inexpresable. La cualidad más importante del artista
es justamente recoger aquellos elementos que están, digamos,
en el aire (en el sentido de ser percibidos de alguna manera por
todos), y saberlos plasmar. En fin.
Apolo, 29 de enero, 2004
CESAR VALLEJO
Me viene, hay días...
Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona
en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.
Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.
Ah querer éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.
Quiero, para terminar,
Cuando estoy al borde célebre de la violencia
O lleno de pecho el corazón, querría
Ayudar a reír al que sonríe,
Ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
Cuidar a los enfermos enfadándolos,
Comprarle al vendedor,
Ayudarle a matar al matador _ cosa terrible _
Y quisiera yo ser bueno conmigo
En todo.
6 nov. 1937
DEREK WALCOTT
La Luz del Mundo
Kaya ahora, necesito kaya ahora
Necesito kaya ahora,
Porque cae la lluvia
Bob Marley
Marley cantaba rock en el estéreo del autobús
y aquella belleza le hacía en voz baja los coros.
Yo veía dónde las luces realzaban, definían,
Los planos de sus mejillas; si esto fuera un retrato
Se dejarían los claroscuros para el final, esas luces
Transformaban en seda su negra piel; yo habría añadido
un
pendiente,
algo sencillo, en otro bueno, por el contraste, pero ella
no llevaba joyas. Imaginé su aroma poderoso y
dulce, como el de una pantera en reposo,
y su cabeza era como mínimo un blasón.
Cuando me miró, apartando luego la mirada educadamente
porque mirar fijamente a los desconocdios no es de buen
gusto,
era como una estatua, como un Delacroix negro
La Libertad guiando al pueblo, la suave curva
del blanco de sus ojos, la boca en caoba tallada,
su torso sólido, y femenino,
pero gradualmente hasta eso fue desapareciendo en el
atardecer, excepto la línea
de su perfil, y su mejilla realzada por la luz,
y pensé, ¡Oh belleza, eres la luz del mundo!
No fue la única vez que se me vino a la cabeza la frase
en el autobús de dieciséis asientos que traqueteaba
entre
Gros-Islet y el Mercado, con su crujido de carbón
y la alfombra de basura vegetal tras las ventas del sábado,
y los ruidosos bares de ron, ante cuyas puertas de brillantes
colores
se veían mujeres borrachas en las aceras, lo más
triste del
mundo,
recorriendo a tumbos su semana arriba, a tumbos su semana
abajo.
El mercado, al cerrar aquella noche del Sábado,
me recordaba una infancia de errantes faroles
colgados de pértigas en las esquinas de las calles, y el
viejo
estruendo
de los vendedores y el tráfico, cuando el farolero trepaba,
enganchaba una lámpara en su poste y pasaba a otra,
y los niños volvían el rostro hacia su polilla,
sus
ojos blancos como sus ropas de noche; el propio mercado
estaba encerrado en su oscuridad ensimismada
y las sombras peleaban por el pan en las tiendas,
o peleaban por el hábito de pelear
en los eléctricos bares de ron. Recuerdo las sombras.
El autobús se llenaba lentamente mientras oscurecía
en la
estación.
Yo estaba sentado en el asiento delantero, me sobraba tiempo.
Miré a dos muchachas, una con un corpiño
y pantalones cortos amarillos, una flor en el cabello,
y sentí una pacífica lujuria; la otra era menos
interesante.
Aquel anochecer había recorrido las calles de la ciudad
donde había nacido y crecido, pensando en mi madre
con su pelo blanco teñido por la luz del atardecer,
y las inclinadas casas de madera que parecían perversas
en su retorcimiento; había fisgado salones
con celosías a medio cerrar, muebles a oscuras,
poltronas, una mesa central con flores de cera,
y la litografía del Sagrado Corazón,
buhoneros vendiendo aún a las calles vacías:
dulces, frutos secos, chocolates reblandecidos, pasteles de
nuez, caramelos.
Una anciana con un sombrero de paja sobre su pañuelo
se nos acercó cojeando con una cesta; en algún lugar,
a cierta distancia, había otra cesta más pesada
que no podía acarrear. Estaba aterrada.
Le dijo al conductor: "Pas quittez moi a terre",
Que significa, en su patois: "No me deje aquí tirada",
Que es, en su historia y en la de su pueblo:
"No me deje en la tierra" o, con un cambio de acento:
"No me deje la tierra" [como herencia];
"Pas quittez moi a terre, transporte celestial,
No me dejes en tierra, ya he tenido bastante".
El autobús se llenó en la oscuridad de pesadas sombras
que no deseaban quedarse en la tierra; no, que serían
abandonadas
en la tierra y tendrían que buscarse la vida.
El abandono era algo a lo que se habían acostumbrado.
Y yo les había abandonado, lo supe allí,
sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el
mar,
con hombres inclinados sobre canoas, y las luces naranjas
de la punta de Vigie, negras barcas en el agua;
yo, que nunca pude dar consistencia a mi sombra
para convertirla en una de sus sombras, les había dejado
su
tierra,
sus peleas de ron blanco y sus sacos de carbón,
su odio a los capataces, a toda autoridad.
Me sentía profundamente enamorado de la mujer junto a
la ventana.
Quería marcharme a casa con ella aquella noche.
Quería que ella tuviera la llave de nuestra cabaña
junto a la playa en Gros-Ilet; quería que se pusiese
un camisón liso y blanco que se vertiera como agua
sobre las negras rocas de sus pechos, yacer
simplemente a su lado junto al círculo de luz de un quinqué
de latón
con mecha de queroseno, y decirle en silencio
que su cabello era como el bosque de una colina en la
noche,
que un goteo de ríos recorría sus axilas,
que le compraría Benin si así lo deseaba,
y que jamás la dejaría en la tierra. Y decírselo
también a los
otros.
Porque me embargaba un gran amor capaz de hacerme
romper en llanto,
y una pena que irritaba mis ojos como una ortiga,
temía ponerme a sollozar de repente
en el transporte público con Marley sonando,
y un niño mirando sobre los hombros
del conductor y los míos hacia las luces que se aproximaban,
hacia el paso veloz de la carretera en la oscuridad del campo,
las luces en las casas de las pequeñas colinas,
y la espesura de estrellas; les había abandonado,
les había dejado en la tierra, les dejé para que
cantaran
las canciones de Marley sobre una tristeza real como el olor
de la lluvia sobre el suelo seco, o el olor de la arena mojada,
y el autobús resultaba acogedor gracias a su amabilidad,
su cortesía, y sus educadas despedidas
a la luz de los faros. En el fragor,
en la música rítmica y plañidera, el exigente
aroma
que procedía de sus cuerpos. Yo quería que el autobús
siquiera su camino para siempre, que nadie se bajara
y dijera buenas noches a la luz de los faros
y tomara el tortuoso camino hacia la puerta iluminada,
guiado por las luciérnagas; quería que la belleza
de ella
penetrara en la calidez de la acogedora madera,
ante el aliviado repiquetear de platos esmaltados
en la cocina, y el árbol en el patio,
pero llegué a mi parada. Delante del Hotel Halcyon.
El vestíbulo estaría lleno de transeúntes
como yo.
Luego pasearía con las olas playa arriba.
Me bajé del autobús sin decir buenas noches.
Ese buenas noches estaría lleno de amor inexpresable.
Siguieron adelante en su autobús, me dejaron en la tierra.
Entonces, un poco más allá, el vehículo
se detuvo. Un
hombre
gritó mi nombre desde la ventanilla.
Caminé hasta él. Me tendió algo.
Se me había caído del bolsillo una cajetilla de
cigarrillos.
Me la devolvió. Me di la vuelta para ocultar mis lágrimas.
No deseaban nada, nada había que yo pudiera darles
salvo esta cosa que he llamado "La Luz del Mundo".
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