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Una larga brecha se abre intermitentemente en los cimientos de
la contestación. La historia del movimiento de subversión
ha estado atravesada por la insuperable confrontación de
sus dos polos magnéticos. El vitalismo y la política,
las aspiración de intensidad y la voluntad de sentido han
convivido en los estrechos márgenes de un espacio en el
que no ha llegado a cristalizar una voluntad unitaria. Sobre la
historia de la autonomía pesa la separación impuesta
por la Modernidad, la fragmentación de la transformación
global en aspiraciones parciales que no llegan a engarzarse en
una conciencia coherente.
El arte como fuga
Todo vitalismo se reconoce primero en alguna forma de estilización.
La vida como acto, como poesía, palpita en la aspiración
de intensidad, de ahí que el vitalismo se haya reconocido
en el arte el lugar privilegiado del instante, de la creación.
El arte ha sido, para esta voluntad de aventura, una posibilidad
de permanente expansión. La metáfora de la fuga,
del transcurso, sirve como ejercicio de aproximación a
la estética del vitalismo. Y sin embargo, el arte ha implicado
otra voluntad, aquella que se añade y compone su contradicción
radical.
Desde sus orígenes románticos propugnó el
deseo de una realización completa de una vida liberada
del tiempo, de las fracturas que se abren para quien olvida la
autoridad del pasado y las convenciones que encierra la existencia
en los fragmentos congelados de la prescripción moral.
Pero el proyecto del arte (su promesa) quedó atrapado en
los rituales de la producción de objetos y en la expansión
del artista como genio creador. Resultado de la doble separación
entre el objeto y el artista y el artista y el espectador, su
aspiración global, tantas veces invocada, permaneció
condenada a su perpetuo sacrificio. Las rupturas, la actividad
polémica quedaron simplificadas en la imagen y en la figura
mitificante del genio, esencias de unos resultados dispuestos
para su contemplación en la galería de los museos
o en las estanterías dedicadas a las biografías
ejemplares. El arte en tanto actividad separada, especializada
en la creación formal, sólo ha podio realizar productos
separados de tal actividad. La obra de arte y el artista no llegaron
a contaminar a sus espectadores del hecho original que decían
representar, el hecho de la creación en tanto tal.
G. Agamben, en un breve pero brillante ensayo , recorre la genealogía
de esta insuficiencia, de esta incompletud del proyecto artístico.
La Modernidad al separar al artista del artesano abandonó
el campo de la creación a su naufragio. El arte como actividad
especializada se perdió en la creación autorreferencial,
en la fractura que se abre entre la obra y el espectador. Agamben
escribe: "ahora la verdad suprema de la obra de arte es el
principio creativo-formal puro que desarrolla su potencia en ella,
independientemente de cualquier contenido. Esto significa que,
para el espectador, lo que en la obra de arte es esencial es precisamente
lo extraño y falto de esencia, mientras que lo que descubre
de sí mismo en la obra, es decir el contenido que puede
discernir en ella, ya no se le aparece como una verdad que encuentra
en la misma obra la expresión necesaria, sino que es algo
de lo que él ya es plenamente consciente por su cuenta
como sujeto pensante y que por lo tanto puede creer legítimamente
que él mismo puede llegar a expresar (...) Ahora la experiencia
del arte ya no puede ser más que la experiencia del un
desgarro absoluto" .
Y sin embargo en los sótanos de la experiencia artística
habita otra voluntad que aspira a reunir los sujetos separados
(el artista y el espectador, la obra y el hecho de la creación).
El deseo del realismo fue precisamente el compromiso, la permanencia.
Esta vocación se realizó en una ejecución
que se quería al servicio de la denuncia, de la expresión
de un reivindicación anónima. El mejor de los pintores
realistas, Courbet, encarnó en su actividad cotidiana este
deseo de unidad en el momento en que su labor en el taller se
compartía con su actividad como delegado en la Comuna.
Incluso el dadaísmo, que entre los movimientos de vanguardia
se presentó como la mejor expresión de la ruptura
y la fuga, podía reconsiderar sus posiciones. En uno de
sus últimos manifiestos se reconoce el deseo de orden,
la garantía de sentido: "el arte es una función
espiritual del hombre que tiene como objetivo salvarle del caos
de la vida (tragedia)" .
De hecho, la sucesión de las vanguardias artísticas
fue una reactualización constante e inacabada de una subversión
en el interior del campo artístico que revocaba la tensión
de sus presupuestos, la tensión por superar los marcos
de la creación aislada. En un último y extremo golpe
de fuerza transportaron el ideal de la obra de arte al terreno
de la vida cotidiana. La reclamación de lo moderno, de
lo nuevo en tanto nuevo, expresó en principio esta fuga
de la cotidianidad formada y la imagen previsible. La articulación
coherente de esta conciencia tenía que apostar por su expresión
total, por el derribo de los tabiques que separan las distintas
dimensiones de la vida. Esta búsqueda implacable de experiencias,
que requerían la participación activa de quienes
las vivían y sentían, se asemeja a una actividad
poética extensa, a una implosión de la poesía
sobre sí misma, un derrumbamiento que debiera anunciar
su expansión ilimitada. Los situacionistas llamaron creación
de situaciones a esta actividad consciente de promover los espacios
para la poesía diaria. La negación del arte anunciaba,
de este modo, su más acabada realización, su realización
unitaria sobre el material completo de la vida.
En todo caso el fracaso del arte, su incapacidad para resolver
en su seno las limitaciones que lo atraviesan ha resuelto su destino
en un callejón sin salida ni retorno. La forma artística
reducida a la creación aislada, a la figura de un flujo
ininterrumpido, separado del resto de la potencia social, no encontró
continuidad en una época unificada por la dominación.
El arte, en y por su aislamiento, condenó a la vez la promesa
de las vanguardias de democratizar las capacidades de creación
y la ejecución del artesano, que con su actividad nos procuraba
un lugar en el mundo (un sentido, un contenido de verdad).
Y sin embargo, el arte no es sino la institucionalización
de una reclamación más profunda y masiva que parece
anidar en el corazón de Occidente, y que tiene expresiones
tanto sociológicas como intelectuales. Las filosofías
de la vida sostuvieron esta potencia del goce creativo frente
a la razón, frente a la determinación de un mundo
acabado, ejecutado sobre la pobreza de unas normas dictadas por
un fundamento (una racionalidad) a caballo entre la aspiración
universal ilustrada y su realidad como triste proyección
de una moral propia de las voluntades más frágiles.
La apuesta vital de Nietzche se cerró en una afirmación
absoluta: el cuerpo, la embriaguez de quien se reconoce en la
voluntad dionisíaca de una vida sin más límite
que el que ofrece la afirmación instintiva de una generosidad
extrema en el caos del mundo. Freud, por señalar otro ejemplo,
jamás se reconcilió con la cultura, sublimación
necesaria de una líbido insaciable, una potencia que no
quiere límites. La fuente irreprimible de los deseos, el
deseo, adquiere la cualidad esencial de la creación, de
la pérdida de lo conocido en un conjunto revuelto e inestable.
Sólo la determinación, el poder, la cultura, la
mala conciencia, se imponen como la balsa que contiene de un modo
a la vez crítico e insoportable esa potencia de vida.
Los aventureros que abundaron en el siglo pasado, los colonizadores
sanguinarios que dedicaron su vida a la conquista (lo mismo de
territorios que de mujeres), los bohemios de las ciudades que
rechazaron los motivos del goce burgués quebrando sus límites,
aparecen como las figuras de la extensión social de la
promesa del arte; a veces, como su parodia inaceptable, otras,
como formas de exploración superior de la experiencia.
En el terreno de las colectividades sociales esta aspiración
emerge como la democratización de las condiciones para
una vida intensa, como la reclamación de una radical liberación
del deseo por medio de una potencia práctica que arruina
las barreras impuestas.
Este flujo subterráneo que compone y quiebra nuestra cultura
se expresa, mejor que en ninguna otra parte, en el anhelo de abrir
los días como páginas en blanco, en la fiesta como
liberación radical de la vida cotidiana. Ciertamente, en
la fiesta se centraron las aspiraciones de una época. La
Comuna de París entendió y vivió la fiesta
como la máxima expresión revolucionaria de su tiempo:
los relojes tendidos y detenidos sobre las calles, el retorno
de los proletarios marginados en sus arrabales, los episodios
generales de la reapropiación del espacio para el juego
general de la vida.
El arte es, por tanto, representación de algo más
que el arte, es la institucionalización de una significación
que late en el corazón de la cultura, de una voluntad de
liberar las fuerzas de la creación. Una voluntad mutilada,
acotada a los límites de la producción objetual,
es cierto, pero que amenaza constantemente con desbordarse. El
arte como epifenómeno y como ideología de la liberación
del deseo sólo sostuvo una relación positiva con
el ejercicio de la autonomía en la medida en que en cierta
forma se negaba como institución separada. De ahí
la relación de las vanguardias con los movimientos revolucionarios,
en tanto expresión artística más avanzada
y gérmenes de su propia autonegación. De ahí,
la voluntad de superación y realización del arte.
Las expresiones revolucionarias de todas las épocas se
han relacionado de una forma u otro con esta inspiración.
De hecho, no hay conciencia revolucionaria en la que no palpiten
esos deseos de liberación, que no esté animada por
esta telúrica del deseo, por esta voluntad de experimentación.
Sin embargo, la difícil relación con su forma institucionalizada
(con el arte) ha llevado a dirigir la atención hacia otras
manifestaciones sensibles. Al lado de la militancia disciplinada,
ha existido siempre una bohemia inasimilable y violenta, un afán
destructivo que no quería conservar orden alguno. El anarquismo
más nihilista es sólo su manifestación más
palpable, pero esta tensión ha habitado en todas las formas
primitivas de una contracultura que todavía no quería
nombrarse (no hay en realidad ningún elemento de la contracultura
que no esté formulado y expresado teórica y prácticamente
desde principios del siglo XIX). De igual modo, al lado del pensamiento
ilustrado, de las probables metafísicas críticas,
han convivido como su reverso los iconoclastas, los apologetas
de la ruptura de toda fuente de legitimación, los que no
buscan ningún fundamento estable a su discurso.
Quizás el más radical defecto intelectual de esta
corriente que ha querido presentar la liberación del deseo
como la tarea fundamental de la actividad revolucionaria (desde
Nietzche hasta Foucault) haya sido hacer abstracción de
los contextos, de las fuentes de las determinaciones históricas
concretas. En las filosofías de la vida, con todas las
matizaciones que se quieran hacer, vive la consideración
exclusiva de que toda determinación, toda limitación
es esencialmente despotenciación, ejemplo vivo de lo que
no debe permanecer de lo que hay que derrotar. El presupuesto
central de la liberación parte de la idea de que hay algo
que debe ser liberado, una potencia positiva y creativa que no
debe permanecer encerrada.
Libertad es liberación. Liberación de lo que ya
está ahí generando, creando. No hay cristalizaciones
buenas, poderes buenos, limitaciones buenas, instituciones aceptables,
solo hay bondad en la actividad de dislocar. Pero si libertad
es liberación, si no hay más oportunidad que aceptarnos
definitivamente en el flujo de una indeterminación sin
trabas, ¿qué sentido tiene querernos autónomos,
querer afirmar unos valores, recoger determinados fundamentos
como sentido de nuestra acción y nuestro pensamiento? Estos
fundamentos, de acuerdo con la lógica de liberación
del deseo, debían agotarse rápidamente en el acto
de su creación. Para el deseo todo objeto, todo valor,
todo lo que aspire a permanecer, a formar mundo, es indiferente;
sólo cumple la función de fijar por un instante
su radical aspiración productiva. Realizada ésta,
aquella primera producción es un estorbo, un deshecho.
La política como sentido
La aspiración de autonomía ha basculado sobre otra
constelación de referentes prácticos e intelectuales
en los que se reconocía como permanencia y voluntad de
sentido, es decir como reverso de la liberación del deseo.
La política, en tanto terreno en el que los grupos se enfrentan,
campo agonal pero también marco consciente al que se debe
ceñir la acción, ha sido el espacio de realización
efectiva de la práctica de la autonomía. Los análisis
de Hannah Arnedt son especialmente iluminadores a este respecto.
Arendt lee a los griegos como los auténticos fundadores
de la política. En la polis griega era precisamente la
apertura que permitía a los sujetos encontrarse en una
comunidad de diálogo entre iguales, la expresión
privilegiada de la clausura de la brecha que los separa. La política,
era por tanto, espacio de comunicación "puente entre
los hombres", lugar (polis) en donde estos se reconocen y
distinguen. En tanto tal, era y es aspiración de unidad
y coherencia, realización de la comunicación como
forma superior de relación.
Sin embargo, de entre todas las facultades humanas, Arendt concebía
la acción como la forma de actividad más directamente
política. De hecho, el concepto de acción desarrollado
en La condición humana, acto irrepetible e irrevocable
de dar lugar a "lo nuevo", se parece mucho a la potencia
creativa en la que el vitalismo y los presupuestos de la liberación
del deseo reconocieron su fuente esencial. Por tanto, la acción
reconocida en el espacio público sólo puede aparecer
de modo ambiguo, ambivalente. Si bien comprende en sí la
verdadera posibilidad de que la sociedad se reconozca en su historia,
de que se haga responsable consciente de su destino, la acción
inicia, por otra parte, cadenas de acontecimientos de resultados
imprevisibles. Abandonada y sin la guía de un sentido,
puede llegar a tener traducciones monstruosas. Por eso los griegos,
y más tarde los movimientos revolucionarios, trataron de
contenerla en estructuras permanentes, en marcos en los que su
propia potencia vuelta sobre sí misma no diluyera los límites
de una vida aceptable. Por eso las teorías revolucionarias
concibieron la acción como una actividad que debía
estar sujeta a un sentido previo, sometida al gobierno de una
necesidad primera: la voluntad divida en el milenarismo medieval;
en el imperio de la Razón en el utopismo; el triunfo del
proletariado en tanto sujeto universal en el marxismo hegeliano,
etc.
De este modo, la acción, que Arendt comparaba permanentemente
con el hecho del nacimiento, de hacer aparecer en el mundo algo
nuevo, sólo se guarnece de sí misma si va acompañada
y guiaba por un sentido, por una solidaridad esencial con un campo
valorativo previo, a la vez que por unos marcos de realización
establecidos para garantizar, siempre precariamente, esta solidaridad
radical. Es aquí donde la acción se pliega al valor,
donde la moral, como de sus cenizas, renace frente a la abolición
que había postulado la liberación del deseo. No
ha existido movimiento que, inmerso en la praxis de transformación
de este mundo, no se haya reconocido en determinados valores,
ideales, proyecciones de futuro, que de hecho no se haya visto
contaminado por una moral, por principios trascendentes.
Sin embargo, la mayor parte de las formas históricas
de la contestación práctica, ante el enorme esfuerzo
de tomar los principios que fundan y orientan la acción
como resultados precarios de un determinado consenso (de una peculiar
creación histórica) se han degradado y, finalmente,
se han traicionado en la búsqueda de un fundamento, de
una verdad primera y universal. El sujeto de la acción
ha vuelto a ser la Necesidad. La política se ha transformado
en técnica, actividad por la cual la Razón señalaba
a la práctica un orden, la secuencia de sus etapas y sus
objetivos. De este modo, el impulso que el arte reconocía
como fuente se ha visto negado en la aberración política,
en esta asimilación tecnocrática de la acción.
De hecho, la mejor expresión moderna de la política,
la organización obrera, no logró superar esta contradicción.
En sus márgenes se dio a un tiempo la realización
de una individualidad plenamente política (el obrero militante)
y la máxima degeneración del ejercicio de la autonomía
(la burocracia) como espacio de comunicación horizontal
y proyecto global de autogestión de la sociedad. Sin embargo,
la tensión que en su seno se establece entre la necesidad
de legitimar su proyecto radical y su status precario como organización
minoritaria en estado de guerra permanente, se ha resuelto en
su doble derrota teórica y práctica. En la teoría,
la actividad acabó concibiéndose como la aplicación
mecánica de las verdades, descubiertas por la contemplación
intelectual. en la práctica, el reformismo burocrático
(conformismo moderado con la dominación) y la tentación
militarista, vanguardista o jerárquica (primado de la eficacia
sobre la democracia) acabaron arruinando su validez histórica
como expresión autónoma avanzada.
De todas formas, la única posibilidad de constitución
autónoma de un colectivo (de apertura de un campo en el
que efectivamente la sociedad se reconoce en su acción
a la vez que controla) pasa por la apuesta moral, por principios
del juicio que señalan lo que está bien y lo que
está mal. ¿Qué fuente entonces puede tener
este deber ser, que se quiere principio y limitación de
la acción? Una sociedad autónoma sólo reconoce
valores en tanto está sujetos a cuestionamiento, en la
medida en que son también resultados de la acción,
productos de la imaginación colectiva. La verdadera defensa
frente a la tentación irresistible de fundar la práctica
a la Necesidad sólo se resuelve en la aceptación
de la precariedad de la existencia social. La afirmación
de determinados valores como principios de acción únicamente
puede deberse a que su construcción es el resultado de
la reflexión y deliberación colectivas, el producto
de una aceptación pactada en la encrucijada entre el pasado
heredado y los problemas del presente. No hay fundamento extrasocial
de los valores.
Ahora bien, cuando se reconoce que la acción necesita
de un sentido que limite sus posibilidades, de unos valores sustantivos
que orienten sus resultados, se debe admitir también una
serie de facultades que quieren la permanencia de un determinado
mundo (la responsabilidad con ciertos principios). Desde luego,
cuando se habla de limitar o de orientar no se señala que
la acción produzca de acuerdo a un plan, lo que la asimilaría
al trabajo (producción de lo ya conocido, hacer de acuerdo
a patrón), sino de que lo nuevo a lo que da lugar, lo que
hace nacer, guarde cierta solidaridad con el sentido de desencadenó
la acción. Actuar es siempre comprender el reverso de la
acción, y por eso, tanto en Grecia como el movimiento obrero,
se buscaron fundamentos estables para el ejercicio de la política.
En la polis, instituciones como el ágora y el nomos ponían
límites al ejercicio autónomo de la acción,
señalaban los campos en los que su aplicación en
legítima y aquellos en los que parece inaceptable. En los
movimientos revolucionarios, la organización (el partido
o el sindicato) trataba de garantizar no sólo la ortodoxia
del proyecto (lo que comprende esta degeneración técnica
de la acción), sino también los marcos en los que
una acción sin observación estratégica, sin
el apoyo de determinadas bases prácticas, provocaría
derrotas definitivas.
Querer actuar es, por tanto, reconocerse en la acción
(reconocerse en la historia), pero es también saberse impotente
ante una facultad que, abandonada a sí misma, puede llevarnos
al más total de los desastres. Por esta razón, Castoriadis
señalaba que el ejercicio de autonomía es necesariamente
un ejercicio de autolimitación, de contención, de
control y de gestión de sentido. no puede extrañar
que un determinado número de facultades que tratan de garantizar
esta autolimitación hayan figurado siempre en el vocabulario
político, y no sólo en la dirección de garantizar
la permanencia de un determinado status quo, legimitimación
ideológica de una situación de dominación,
sino para proteger a la sociedad de la propia potencia de su actividad.
La prudencia (fronesis), que entre varias opciones posibles apuesta
por la menos arriesgada y la más coherente con un determinado
proyecto; el compromiso que sujeta y reúne a los individuos
en torno a sus propósitos; la capacidad de prometer que
garantiza cierta perdurabilidad del presente... son, en definitiva,
facultades que quieren la permanencia de un mundo, formas de estabilidad
son las cuales es inconcebible plantear crítica práctica
alguna.
Perímetro y voltaje
El ejercicio de la autonomía, necesita, pues, de liberación
e institución, potencia y límites. No existe posibilidad
de acción son bases sociales que la hagan posible, no hay
autonomía en el eterno cuestionamiento que conduce a la
reiteración de lo mismo, Esto es precisamente lo que define
el ejercicio de autonomía como tragedia. Las sociedades
humanas sólo pueden llegar a alcanzar cierto grado de autoinstitución,
actividad consciente y lúcida de organización de
la vida, si son capaces de reconocerse, en la transformación
histórica, de reconocerse como alteridad. Pero habitar
en la historia conlleva siempre la imposibilidad de garantizar
el futuro, supone el encuentro con cierta forma de mortalidad
que amenaza con liquidar el mundo compartido. De igual forma,
solamente las sociedades que articulan una coherencia practica
y que elevan unos determinados principios sustantivos como guía
de su acción logran vivir la historia como una aventura
intensa conscientemente aceptada.
Ciertamente, no han existido sociedades autónomas sino
constituciones que han reconocido cierto grado de autonomía
pública para algunos colectivos (Grecia para los ciudadanos)
y algunos sujetos que desde la Modernidad se han declarado en
guerra abierta por la instauración parcial de ese sentido
para el conjunto de la sociedad (el movimiento obrero, la ciudadanía
burguesa republicana, la lucha de las mujeres...) Sin embargo,
a pesar de su parcialidad y de lo limitado de sus resultados,
estas experiencias permiten concebir y plantear esta historia
de la autonomía como promesa y encrucijada. Sin su acumulación
en el pasado, sin este depósito perdurable en la memoria,
hubiese sido imposible concebir en nuestra época rastros
de esta voluntad.
¿Dónde queda hoy la experiencia conflictiva de
esta autonomía? Nuestro tiempo se anuncia como la definitiva
restauración de la armonía. La pluralidad de representaciones
devuelta y multiplicada por las máquinas publicitarias
genera medios de condicionamiento de la identidad que nos interpelan,
ya, como la encarnación acabada de la libertad individual.
La verdad de esta autonomía, en tanto recuperada como autonomía
de la dominación, permanece, desde luego, latente en la
práctica. La tarea inmediata de la contestación
consiste en cifrar y nombrar esta verdad en términos ya
intuidos. Sin embargo, nuestra coyuntura parece marcada por la
mirada ingenua. Para la conciencia actual, la tensión ha
sido liquidada, sus sujetos han muerto. La clase obrera se ha
disuelto en la miseria y la derrota de sus postulados. Sus restos,
aquello que podría componer su soporte objetivo, permanece
descompuesto en la pluralidad de ofertas simbólicas que
esta sociedad reproduce como su único entorno. El arte
hace ya tiempo que se perdió en la producción de
banalidades cargadas de un prestigio rancio. El tiempo de las
vanguardias parece clausurado y la creación ha sido desviada
al campo de una dominación que no se concierta en los museos,
sino que quiere habitar las realidades de la calle.
En efecto, nuestro espacio se presenta bajo su codificación
capitalista como al realización de las dos aspiraciones
señaladas. El deseo de una vida intensa parece colmado
en la velocidad de producción de nuevas representaciones,
la horizontalidad política en la comunicación en
red de los espacios virtuales. Los paquetes de viajes-multiaventura
e internet se presentan ya como metáforas acabadas de los
paradigmas de la ideología dominante: la experiencia trepidante
y la comunicación realizada. Es cierto que ambas son la
expresión burda, la desnaturalización radical de
unas aspiraciones más profundas. Pero ya no se trata simplemente
de que ambas aspiraciones hayan quedado fragmentadas en los dominios
aislados de una experiencia que no logra desbordarse, sino que
la posibilidad radical de una vida social, sin la cual ninguna
de estos deseos puede llegar a concretarse, esta amenazada muerte.
De hecho, lo que el capital no ofrece, ni siquiera a sus gestores,
es un "lugar en el mundo", un espacio desde el cual
se pueda pensar y desear otra cosa.
Hoy, ritmo de destrucción de las viejas formas de relación
social desfigura los antiguos espacios de residencia. La globalización
forzada produce su aniquilación general para las mayorías
expropiadas; hace aparecer una nueva figura, el nómada
moderno, el inmigrante que circula por los espacios espurios de
la economía planetaria. Pero también amenaza los
antiguos espacios de "residencia" de las poblaciones
occidentales. La privatización general de la vida aniquila
tanto el espacio público como ese "lugar en el mundo"
en donde uno podía recogerse y permanecer. La mercantilización
del carácter, su adecuación al imperio de la moda
y de la flexibilidad, es un simple signo de lo poco privadas que
son ya las vidas reducidas a lo privado.
La responsabilidad de este resultado no recae simplemente en
la propia potencia preformativa del capital. La velocidad ha sido
de alguna manera querida y deseada por la contestación.
Seguramente la contracultura y todos los movimientos que sustituyeron
al movimiento obrero como figuras avanzadas de la autonomía
(desde el movimiento gays-lesbianas hasta la contracultura) fueron
demasiado lejos en su voluntad de "liberación".
Su derrota vino marcada por razones justamente inversas a las
del movimiento obrero. Si el movimiento obrero representaba un
proyecto global de transformación y una organización
política disciplinada e integral los nuevos movimientos
sociales construyeron organizaciones difusas, con aspiraciones
parciales. De este modo, el movimientos obrero fue derrotado en
su totalidad (por el capital o la burocracia) y los movimientos
sociales fueron recuperados en su parcialidad.
En cierto modo, cuando las nuevas formas de contestación
elevaban el ideal de liberación (del deseo, de la acción,
de la potencia creativa) a la categoría de aspiración
esencial, descuidaban el hecho de que la mercancía no necesita
residencia permanente. Los resultados del ataque de estos viejos
movimientos sociales en el territorio sólido de las viejas
formas de dominación (la familia patriarcal, las comunidades
orgánicas y todos su correlatos morales) no produjeron
resultados estables en la forma de nuevos modos de habitar la
cultura y las interacciones sociales. Así, el horror a
permanecer, a detenerse, justificado en una lógica definición
del poder como estado sólido y coherente, no produjo nuevas
instituciones, lugares sobre los cuales asentar formas de comunidad
que soportasen un nuevo ejercicio de autonomía. La renuncia
a acumular resultados acabó en una liquidación sin
herencia ni rastro. Liberaron el camino de viejas alineaciones,
pero lo liberaron sin oponer la resistencia debida a un capital
que habría de funcionar sin trabas. La paradoja de este
resultado es aun más escandalosa si se considera que la
ruptura de estas viejas formas de domino no se acusa en el seno
las amplias mayorías, que inermes ante la renovada fuerza
de la desposesión y víctimas de la destrucción
de las bases sociales de su autonomía, se aferran a estas
relaciones como única forma de supervivencia. De este modo,
por ejemplo, el patriarcado debilitado en los hábitos de
relación quienes gestionan la miseria, enfurece sus movimientos
sobre los colectivos más débiles, sobre las mujeres
que abandonadas a su suerte por la liquidación de sus comunidades,
sostienen sus ruinas como único resorte vivo de la posibilidad
de una inversión de situación .
La promesa de la liberación, la aspiración a una
vida intensa, infinitamente probable y abierta fue el objetivo
esencial de la lucha contra las formas burocráticas y autoritarias
de relación. Pero, ¿acaso la seducción por
la aventura, por el instante, la rebeldía frente a toda
solución de permanencia no son ya parte del imaginario
publicitario? Ciertamente, lo que el espectáculo realiza
es el simulacro de aventura, la posibilidad de una colección
infinita de experiencias, que ya no tienen la calidad de la experiencia.
la experiencia implica una transformación, una transfiguración
que arranca de un determinado estado y nos conduce a otro, pero
cuando los acontecimientos se suceden sin dejar rastro, sin producir
modificación, no hay posibilidad para la existencia de
un sujeto de la transformación. La personalidad moderna
se deduce como no-personalidad, en tanto carece de densidad, en
tanto vive en una permanente revolución del sentido. Sin
este "lugar en el mundo", sin esta posibilidad de permanecer
no hay aventura ni experiencia, solo una melancólica sucesión
de instantes.
Resurgencia
Hoy, la apuesta revolucionaria para por la misma consigna de
la Internacional Situacionista: pulsar en "la clandestinidad
de lo vivido" las fuerzas que ya están negando las
bases de esta sociedad. Y sin embargo la mirada ha de ser necesariamente
distinta. El trabajo crítico de la Encyclopédie
des Nuisances sobre la I.S. contempla bien el anacronismo de su
posición en su últimos años. Su desprecio
por la herencia revolucionaria y su apuesta por combatir la tendencia
general de la dominación en el mismo terreno del cambio
no permitió reconocer el advenimiento de una derrota que
nos dejaba inermes ante la renovación del movimiento de
desposesión. De acuerdo con la EdN, la exigencia fundamental
de la tarea revolucionaria es conservar los restos (lenguaje,
comunidad, memoria) de las posibilidades de una vida no clausurada
por la velocidad.
Por un momento, se trata de devolver al mundo una mirada reaccionaria,
de retroceder y apoyarse en las ruinas de las viejas formas de
socialización para permitirnos, más tarde, dar un
salto adelante. Tal postura exige en primer lugar calibrar la
calidad y la potencia de esas huellas de otro tiempo, revisar
sus potencialidades autónomas. Quizá la reactualización
de esta tensión que penetra la autonomía como deseo
e institución se debe apoyar hoy en su dimensión
política, aquella que mejor se aferraba a unos principios
sustantivos que orientasen y controlasen la acción. La
aspiración de sentido, la voluntad de permanecer, de crear
y mantener ese "lugar en el mundo", es en buena medida
también el deseo de nuestra época. Es cierto que
en sus formas más aberrantes se realiza como retorno a
las mistificaciones del pasado: la nación, el puritanismo,
la reinvención religiosa del mundo... La voluntad de trascendencia
y de sentido es tarea urgente para unas vidas cada más
triviales e injustificadas, pero su materialización como
actividad mitificante entorpece tanto o más el desarrollo
de la autonomía que la expansión global del capital
reconstituido.
La figura, la hipótesis del éxodo que a veces se
esgrime como investigación de nuevas formas de vida en
las que sea posible una experimentación real implica potencias
las líneas de fuga, oponer al nomadismo forzado un nomadismo
libre. Esta apuesta se reencuentra con el otro polo de la tensión,
parece recoger lo Moguer de la herencia de las vanguardias artísticas
y la contracultura. El paradigma de su actividad vuelve a ser
la liberación del deseo. Pero, ¿se puede garantizar
el éxito relativo de este éxodo sin vías,
sin caminos estables, sin logísticas de aprovisionamiento
que sostengan la marcha? Y por otra parte, ¿desde dónde
parte este éxodo cuando la morada que teníamos en
el mundo está cada vez más desdibujada y fragmentada?
No habrá éxodo sin enfrentamiento, sin un combate
que tendrá que apoyar nuestro bando en tierra firme, en
principios precisos. Sin una constelación de referentes,
todavía por crear, sólo habrá desbandada
general, un abandono que puede arrojarnos a tierras aún
peores que las que habitamos.
Parece imperativo, por tanto, reconocer en la materia sensible
que compone lo social elementos y emergencias que quieran una
permanencia y una estabilidad distinta a la del retorno al mito.
Sin duda algo palpita en los trasteros , algo que se apropia del
nomadismo mercantil del sentido y lo devuelve en la forma de una
indiferencia radical. Pero este cinismo es una herramienta insuficiente
si no opone, a veces dogmáticamente, una alternativa a
la velocidad moderna. Reconstruir la autonomía es reconstruir
un proyecto, pero también las bases sociales de tal proyecto:
nuevas subjetividades que aspiren a una cierta coherencia, a escribir
su historia, a acumular experiencias en la forma de nuevos medio
de relación que sean recogidos como la memoria viva de
la nueva comunidad.
¿Ha empezado ya este movimiento de reconstrucción?
Sin duda, es pronto para saberlo. A veces se intuyen cristalizaciones
positivas del rechazo. Corresponde ahora rastrear estos gestos,
comenzar un largo sondeo que debiera acabar en la elaboración
de hipótesis de trabajo político que ya tuvieran
algún tipo de base y fuerza social, es decir que ya fuesen
reconocidas por formas protocomunitarias con capacidad de acción
.
Al fin y al cabo, se trata de resurgir en todos los posibles territorios
de acción. Pero resucitar como potencia pasa por la elucidación
del estado de esta tensión. Atreverse a no vivir en la
historia es asomarse a los principios de quen no reconoce más
autoridad que al que se deduce de los productos de su actividad.
Una sociedad así, una sociedad autónoma, es una
sociedad, como señala Castoriadis, que vive al borde del
abismo. Gestionar el tiempo, intentar dotarlo de sentido, pero
sin a la vez traicionarlo, implica el difícil equilibrio
de reconocerse y fundarse en la propia acción.
Atreverse a no querer más fundamento que aquel que consensuemos,
ni más objetivos que aquellos que decidamos, es considerar
la mortalidad en un nuevo plano, es admitirla (admitir la temporalidad
de todo fundamento, de toda regla) como único acceso a
la libertad.
Resurgir en todos los frentes no significa, por tanto, ponernos
simplemente en marcha con nuevas estrategias frente al enemigo
redescubierto, sino reconocer en nuestra actividad la tensión
que vibra en su transcurso. La autonomía será tragedia
o no será.
Tomado de Maldeojo, Cuadernos de crítica social, 2,
abril 2001.
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