| La pregunta acerca
de cómo la Edad de los Medios -la televisión, el Internet,
el consumismo y los rápidos avances tecnológicos-
está afectando al lenguaje de la poesía que se escribe
hoy tiene una relevancia especial para mí, creo, pues yo
he estado desde hace mucho comprometido en un proyecto que involucra
una interacción de formas lingüísticas y decrepresentación
por un lado muy nuevas y, por el otro, muy antiguas. Me parece que
uno de los principales atractivos de la poesía -especialmente
para muchos de nuestros poetas más "experimentales"
ha sido el sentido de comprometerse en un proceso -una manera de
pensar y de decir- que hasta muy recientemente había sido
universal tanto en el espacio como en el tiempo. El factor tiempo
es una medida de su antigüedad, y así la emergencia
de una "nueva poesía" a través de los últimos
cien o doscientos años ha estado casi siempre acompañada
por declaraciones de "re"cuperación / "re"descubrimiento
en el centro de cada nueva invención.
Esto es lo suficientemente claro en la poesía de Estados
Unidos, donde alguien como Ezra Pound, a quien tomamos como poeta
radical -estructuralmente radical- a partir de los Cantos, insistió
en empujar hacia atrás el marco temporal y en expandirlo
horizontal o culturalmente a una gama de momentos iniciadores
de temprana aparición: primero los ritmos anglosajones
combinados con viajes chamánicos homéricos entre
las sombras en el Canto Uno; luego en sus posteriores escritos
con el Libro de Canciones de la tradición china, con la
obra africana El Laúd de Gassire tal como es presentado
por Frobenius, con poemas eróticos del antiguo Egipto y
las refundiciones de poetas romanos y provenzales que habíamos
descuidado. Esto fue lo que colocó a Pound en conflicto
con Marinetti y los futuristas -una "historia de la tribu",
como él la llamó, lo que curiosamente, en esa mente
fascista, resultó en una tribu más grande de lo
que la raza y la nación privilegiada nos había hecho
esperar.
El mismo espíritu de novedad y transformación en
relación con el pasado y el presente (lo que yo solía
designar como "un intento en marcha de reinterpretar el pasado
poético desde el punto de vista del presente") inspiraba
el trabajo de muchos de nosotros en los Estados Unidos después
de la segunda guerra mundial: Olson, Duncan, Snyder, Kelly, Waldman,
Schwerner, entre los más grandes según mi perspectiva.
Y además hubo otros, fuera de los Estados Unidos -Tzara
con su proyecto de compilar poemas africanos y sudamericanos;
los surrealistas que fundaron una Oficina (¡dirigida por
Artaud!) de investigaciones que apuntaba hacia esa dirección;
y los poetas franceses de la Negritud y sus contrapartes en el
"Nuevo Mundo" hispano.
Los futuristas rusos posiblemente son ejemplares aquí.
A diferencia de los italianos con quienes compartían ese
nombre, los futuristas rusos cavaron entusiastamente en sus propias
prehistorias -el pasado como una parte necesaria de todo ese futuro.
Malevich fue una especie de artista popular antes de que se hiciera
a sí mismo un Suprematista, y sus rudos y muy adorables
libros hechos a mano tenían como fuente una técnica
para hacer libros que era muy antigua, popular y de baja tecnología.
Khlebnikov y Kruchonykh son una mezcla de ciencia ficción
enredada con el zaum como glosolalia futurística. (Khlebnikov
hace la conexión hacia el pasado mediante su interés
y uso de cantos religiosos que contenían palabras-sonidos
indescifrables.)
Desearía, creo, sugerir un péndulo que para muchos
de nosotros se mueve entre esos dos mismos polos. En mi propia
experiencia recuerdo un tiempo -la década de los sesenta
y una parte de los cincuenta- cuando un cierto impulso anti-tecnológico
era muy fuerte entre los poetas y la contracultura en general.
Para la mayoría de los que yo conocía que compartían
este sentimiento esto no era cuestión de destruir a las
máquinas. De hecho entre nosotros había un vivo
interés en las máquinas, en el uso de la maquinaria
para viajar, escribir, publicar y hacer imágenes, o incluso
(en la vieja selva de las montañas y ríos o en la
nueva selva de las ciudades) para cortar leña o para construir
casas; y para los años setenta había un reconocimiento
(dentro del mundo del arte ciertamente) de un nuevo territorio
en que se unían el arte y la tecnología. A lo que
hemos llegado hoy -que es lo que se me está preguntando
directamente- es una inmersión extraordinaria en el mundo
de la alta tecnología, incluso para la mayoría de
nosotros, para quienes el pasado también se está
abriendo y profundizando.
Más específicamente, la pregunta surge acerca de
esta Era de los Medios, comenzando por hecho cotidianos como realizar
una entrevista a través del correo electrónico o
usarlo como para enviar una colaboración. Y encuentro esto
no más sorprendente o amenazante en sí mismo que
el teléfono, por decir algo, o que la máquina de
escribir a principios de siglo. Todo lo contrario. La primera
cosa que me asombra de una situación como las mencionadas
es que es posible comunicarse California y México, como
podríamos hacerlo por la voz, aunque los costos de hacer
esto serían más prohibitivos. También con
un poco más de esfuerzo, podríamos enviar lo que
estamos haciendo a través del Internet, podríamos
publicarlo, por así decirlo, sin tener que depender de
la aprobación de un editor intermediario que pudiera ser
hostil o por lo menos indiferente a nuestro proyecto. En esta
sola semana que escribo esto he estado en contacto con Francia,
Alemania, Brasil, Grecia, Yugoslavia e Inglaterra -la mayoría
de las veces por correo electrónico, algo por fax y teléfono.
Y usted y yo pudiéramos también -a través
de una red o comunidad de la que somos parte- juntarnos en un
número de sitios a los cuales los poetas como nosotros
mismos pueden ser transportados a través de fronteras que
han sido hechas para mantenernos separados.
Lo que esto hace es difundir un globalismo, la clase de globalismo
(no globalización) que yo siempre he querido y del que
no me alejaré. Pero el problema de la mayoría de
las tecnologías -incluyendo a la poesía en el extremo
de la baja tecnología- es que tienen dos filos. Como otros
medios, pueden ser usados de forma buena o mala, incluso de formas
malvadas, o lo que solíamos pensar a la manera de Hannah
Arendt como la "última banalidad de la maldad".
Si la magia de los antiguos brujos y chamanes podía ser
usada en forma "negra" o "blanca" (para buenos
o malos propósitos) así también esta variabilidad
es cierta para mucho de lo que clasificamos como los "medios".
De esta manera el Internet nos tienta a nosotros, como poetas,
con la súbita posibilidad de publicar y diseminar nuestros
textos a través de una red más amplia que la que
los otros medios más antiguos nos proporcionaban como individuos.
Pero asimismo actúa como el conducto de un comercialismo
que se expande cada vez más y lo que es más angustiante,
es un conducto para las más feas formas de odio racial
y de género (entre otras cosas), con consecuencias que
todavía no hemos determinado. O quizás en el Internet
hay un equilibro: por un lado lo que queremos y por el otro, una
banalización de la palabra y del pensar. También
reconozco -como todos nosotros- el avance de la imposición
de una monocultura, que sé que es sentida como negativa
fuera de los Estados Unidos debido a la creciente hegemonía
del inglés y de la "Americanización" de
los medios populares, con las consecuencias que éstos tengan.
Para nosotros en Estados Unidos, esto puede hacer ver a la cuestión
del globalismo como algo mucho menos amenazante, puede hacer ver
a la apertura de nuevas líneas de comunicación como
una ganancia plena y contar con un escaso sentido de sus pérdidas.
Si me remonto, sin embargo, a mis propios despertares después
de la segunda guerra mundial, puedo recordar haber sufrido una
especie de inquietud, un sentimiento incómodo acerca de
cómo el lenguaje había sido corrompido por la propaganda
y los lemas insensatos; una inquietud que también había
sido provocada por un cambio aún más pernicioso
y omnipresente en el tiempo que siguió: las vacuidades
de la publicidad y el rol de las noticias (la realidad) convertidas
en entretenimiento. Eso hizo que algunos de nosotros miráramos
a la poesía como el "otro" lenguaje: un lenguaje
para cuestionar al lenguaje; la banalidad del lenguaje como apuntalamiento
de la banalidad de la maldad. Las nuevas tecnologías nos
dan una mayor apertura -o eso parece- para dejar que la otredad
emerja. Esta visión es aún hoy un lenguaje y un
proceso que considero benéfico -una manera de "estar
con la otredad" que reúne en mi mente a una gama de
poéticas. Pero el mayor impulso de los medios, de la televisión
al Internet, tengo que admitirlo, avanzan apabullantemente en
la dirección opuesta.
Este texto se compone de fragmentos de una entrevista hecha
a Jerome Rothenberg por Rodrigo Garcia Lopes para la revista Medusa
(Brasil) en el 2001. Tomado de TSE-TSE 13, Buenos Aires, 2004.
TRAD Heriberto Yebes.
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