DE MATERIA VERBALIS

Emilio Tarazona.

"Un cuadro o escultura contemporáneo es una especie
de centauro: mitad materiales artísticos, mitad palabras."


Cuando Harold Rosenberg acuñó esta frase, al inicio de un célebre artículo suyo escrito en 1969, el objeto de arte como fenómeno prioritariamente visual y permanentemente tangible estaba siendo severamente cuestionado por manifestaciones de arte conceptual, que tenían ya cierto desarrollo, y por experiencias como el accionismo o el arte corporal, que empezaban a advertir su presencia como legítimas prácticas creativas con inminente validación institucional. Ciertamente, en los años sesenta, la diversidad de la apariencia material de las obras de arte -o su consistencia física plenamente reconocible por el público (arte de la tierra, performance, arte procesal, video arte, y una larga lista de etcéteras)-, parecía engendrar al mismo tiempo la necesidad de un discurso de validación de ellas mismas, el cual se apoyaba fundamentalmente en la expresión verbal.

La relación entre las artes plásticas y las palabras ha tomado así un intenso aliento durante los últimos decenios y quizá hasta esta co-gestación simultánea de palabras y formas visuales, en la actualidad tan frecuente en el trabajo artístico, haya contribuido a aproximar ambos lenguajes -entendidos como herramientas creativas de igual magnitud- produciendo saltos continuos de ida y vuelta así como situaciones de plena interacción.

En términos concretos, este encuentro está ya prefigurado en la letra misma. Unidad mínima e indivisible de la escritura alfabética, ella es la representación, en un trazo visual, de una sustancial ligazón entre la oralidad (es decir, el habla) y el discurso (construido en la sucesión de fonemas o signos): La letra es un dibujo, entendido también como síntesis y registro por excelencia de la relación entre la capacidad vocal y el pensamiento humanos. Es así como, enfatizando su origen gráfico, el pintor surrealista Roberto Matta proponía a los jóvenes artistas expresionistas abstractos que más tarde integrarían la Escuela de Nueva York, utilizar letras tomadas al azar de revistas o periódicos como meros elementos (formas y colores) para desarrollar ejercicios compositivos.

Por otro lado, la literatura es un dominio que ha experimentado una diversidad y difusión sorprendente desde la invención de la imprenta en el siglo XVI. Pero, si bien el nombre de esta actividad creativa deviene de la palabra "letra", ella hunde sus raíces en una fabulación ancestral presente en todas las civilizaciones: el mito, entendido como una narración capaz de hacer comprensible cosas que el aquí y ahora de la realidad, tal y como llanamente la percibimos, sería incapaz de revelar. Su fijación en la escritura, sin embargo, le ha permitido desplegar una serie de estrategias y formas discursivas que, en los últimos cien años, han erosionado la linealidad apacible y familiar de la prosa, que había alcanzado un auge en claridad e ingenio hacia fines del siglo XIX. Allí donde la significación unidireccional del lenguaje colapsa surge una suerte de erotismo por la forma asignificante del discurso, del ritmo y a la textura de las frases; o por las formas que delinean confusamente parajes inciertos todavía: Aquella fascinación del sonido por el sonido mismo de la voz y el poder hipnótico de una imagen que Blanca Varela sintetiza en uno de sus más conocidos poemas ("puedes contarme cualquier cosa / creer no es importante / lo que importa es que al aire mueva tus labios / o que tus labios muevan el aire").

Novelas como El Innombrable de Samuel Beckett nos han mostrado que el lenguaje puede también girar artificiosamente sobre sí mismo sin dirigirnos a ninguna parte, dejándonos el vértigo de hundirnos en palabras que más que una salida son un laberinto y quizá sólo nos conducen, al fin y al cabo, a la difusa conciencia de una insuficiencia radical del lenguaje, que en Beckett queda sobreentendida, reticente, y hasta muda.

No sería equivocado atribuir estas estrategias literarias surgidas en el siglo XX a una mayor proximidad entre poesía y narración, ya que, a diferencia de la prosa, la poesía es también el dominio de un silencio que empuja a las palabras. Los sentimientos las arrastran haciendo que describa ésta un territorio verbalizado a medias, operando así como una invitación a un lugar donde la conciencia todavía no gobierna: casi un desafío a la sensibilidad y al pensamiento. Creo que en esto radica con más fuerza la comunión de objetivos que comparten la literatura y las artes visuales indistintamente: precisamente allí donde ambas se distancian de las estrategias habituales de aquél discurso concebido para la expresión de una sola idea por frase pronunciada o de aquel objeto que porta un único y solitario significado. Aun cuando sea ésta quizá la función que dio origen al lenguaje, ella se nos presenta ahora como una función normativa y autoritaria que en la actualidad sólo las inflexibles leyes de la física, las fórmulas matemáticas y la implacable redacción de las normas jurídicas vienen imponiendo todavía sobre la materia o la voluntad.

Por otro lado, si coincidimos en que los objetivos son los mismos, podría argumentarse que sólo los medios o los procedimientos los distancian. Si; en parte. Pero ésta es una frontera que el artista decide libremente establecer en función de su propio trabajo. Y, si quienes trabajan con formas y colores articulan con ellos una sintaxis y una gramática particular que toma el nombre de estilo, el escritor tiene también un trabajo y un dominio ejercido sobre las materias del lenguaje; ya sea éste último de una exhuberancia o de una concisión minimalista, es también un logro, una conquista adquirida por el uso continuo del la palabra y el modelado paciente de sus frases en busca de las expresiones exactas de las que ha de servirse.

Así, un concepto ampliado de la literatura y un concepto ampliado del arte sobrevuelan un mismo territorio cuyos verdaderos límites no han podido ser establecidos. Como cartografías a menudo superpuestas, transparentándose una en la otra, los textos y las imágenes conspiran -en plena era del hipertexto- diluyendo la quimera de una vieja autonomía en aras de una interacción que anuncia rutas nuevas hacia tierras posibles, o refugios -quien sabe si más próximos de lo que suponemos-, que apenas empezamos a descubrir.