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"Un cuadro o escultura contemporáneo
es una especie
de centauro: mitad materiales artísticos, mitad palabras."
Cuando Harold Rosenberg acuñó esta frase, al inicio de
un célebre artículo suyo escrito en 1969, el objeto de
arte como fenómeno prioritariamente visual y permanentemente
tangible estaba siendo severamente cuestionado por manifestaciones de
arte conceptual, que tenían ya cierto desarrollo, y por experiencias
como el accionismo o el arte corporal, que empezaban a advertir su presencia
como legítimas prácticas creativas con inminente validación
institucional. Ciertamente, en los años sesenta, la diversidad
de la apariencia material de las obras de arte -o su consistencia física
plenamente reconocible por el público (arte de la tierra, performance,
arte procesal, video arte, y una larga lista de etcéteras)-,
parecía engendrar al mismo tiempo la necesidad de un discurso
de validación de ellas mismas, el cual se apoyaba fundamentalmente
en la expresión verbal.
La relación entre las artes plásticas y las palabras
ha tomado así un intenso aliento durante los últimos decenios
y quizá hasta esta co-gestación simultánea de palabras
y formas visuales, en la actualidad tan frecuente en el trabajo artístico,
haya contribuido a aproximar ambos lenguajes -entendidos como herramientas
creativas de igual magnitud- produciendo saltos continuos de ida y vuelta
así como situaciones de plena interacción.
En términos concretos, este encuentro está ya prefigurado
en la letra misma. Unidad mínima e indivisible de la escritura
alfabética, ella es la representación, en un trazo visual,
de una sustancial ligazón entre la oralidad (es decir, el habla)
y el discurso (construido en la sucesión de fonemas o signos):
La letra es un dibujo, entendido también como síntesis
y registro por excelencia de la relación entre la capacidad vocal
y el pensamiento humanos. Es así como, enfatizando su origen
gráfico, el pintor surrealista Roberto Matta proponía
a los jóvenes artistas expresionistas abstractos que más
tarde integrarían la Escuela de Nueva York, utilizar letras tomadas
al azar de revistas o periódicos como meros elementos (formas
y colores) para desarrollar ejercicios compositivos.
Por otro lado, la literatura es un dominio que ha experimentado una
diversidad y difusión sorprendente desde la invención
de la imprenta en el siglo XVI. Pero, si bien el nombre de esta actividad
creativa deviene de la palabra "letra", ella hunde sus raíces
en una fabulación ancestral presente en todas las civilizaciones:
el mito, entendido como una narración capaz de hacer comprensible
cosas que el aquí y ahora de la realidad, tal y como llanamente
la percibimos, sería incapaz de revelar. Su fijación en
la escritura, sin embargo, le ha permitido desplegar una serie de estrategias
y formas discursivas que, en los últimos cien años, han
erosionado la linealidad apacible y familiar de la prosa, que había
alcanzado un auge en claridad e ingenio hacia fines del siglo XIX. Allí
donde la significación unidireccional del lenguaje colapsa surge
una suerte de erotismo por la forma asignificante del discurso, del
ritmo y a la textura de las frases; o por las formas que delinean confusamente
parajes inciertos todavía: Aquella fascinación del sonido
por el sonido mismo de la voz y el poder hipnótico de una imagen
que Blanca Varela sintetiza en uno de sus más conocidos poemas
("puedes contarme cualquier cosa / creer no es importante / lo
que importa es que al aire mueva tus labios / o que tus labios muevan
el aire").
Novelas como El Innombrable de Samuel Beckett nos han mostrado que
el lenguaje puede también girar artificiosamente sobre sí
mismo sin dirigirnos a ninguna parte, dejándonos el vértigo
de hundirnos en palabras que más que una salida son un laberinto
y quizá sólo nos conducen, al fin y al cabo, a la difusa
conciencia de una insuficiencia radical del lenguaje, que en Beckett
queda sobreentendida, reticente, y hasta muda.
No sería equivocado atribuir estas estrategias literarias surgidas
en el siglo XX a una mayor proximidad entre poesía y narración,
ya que, a diferencia de la prosa, la poesía es también
el dominio de un silencio que empuja a las palabras. Los sentimientos
las arrastran haciendo que describa ésta un territorio verbalizado
a medias, operando así como una invitación a un lugar
donde la conciencia todavía no gobierna: casi un desafío
a la sensibilidad y al pensamiento. Creo que en esto radica con más
fuerza la comunión de objetivos que comparten la literatura y
las artes visuales indistintamente: precisamente allí donde ambas
se distancian de las estrategias habituales de aquél discurso
concebido para la expresión de una sola idea por frase pronunciada
o de aquel objeto que porta un único y solitario significado.
Aun cuando sea ésta quizá la función que dio origen
al lenguaje, ella se nos presenta ahora como una función normativa
y autoritaria que en la actualidad sólo las inflexibles leyes
de la física, las fórmulas matemáticas y la implacable
redacción de las normas jurídicas vienen imponiendo todavía
sobre la materia o la voluntad.
Por otro lado, si coincidimos en que los objetivos son los mismos,
podría argumentarse que sólo los medios o los procedimientos
los distancian. Si; en parte. Pero ésta es una frontera que el
artista decide libremente establecer en función de su propio
trabajo. Y, si quienes trabajan con formas y colores articulan con ellos
una sintaxis y una gramática particular que toma el nombre de
estilo, el escritor tiene también un trabajo y un dominio ejercido
sobre las materias del lenguaje; ya sea éste último de
una exhuberancia o de una concisión minimalista, es también
un logro, una conquista adquirida por el uso continuo del la palabra
y el modelado paciente de sus frases en busca de las expresiones exactas
de las que ha de servirse.
Así, un concepto ampliado de la literatura y un concepto ampliado
del arte sobrevuelan un mismo territorio cuyos verdaderos límites
no han podido ser establecidos. Como cartografías a menudo superpuestas,
transparentándose una en la otra, los textos y las imágenes
conspiran -en plena era del hipertexto- diluyendo la quimera de una
vieja autonomía en aras de una interacción que anuncia
rutas nuevas hacia tierras posibles, o refugios -quien sabe si más
próximos de lo que suponemos-, que apenas empezamos a descubrir.
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