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Creen los narcotizados por el neón y las finanzas, que vivimos
una etapa histórica de libertad inusitada. Ninguna percepción
más ingenua que ésta. Se afirma que ahora las minorías
poseen voz y voto en la democrática cultura oficial; se dice:
"las mujeres, los grupos étnicos marginales y los homosexuales,
tienen una preponderancia en el espacio público occidental mayor
al de toda la historia". El sistema capitalista, una vez entrado
en lo que se conoce como etapa postfordiana o capitalismo multinacional,
se ha encargado de asimilar lo que antes marginó. Euforia ficticia
posee a los transeúntes de las grandes ciudades, que sólo
con tener los papeles en regla y una tarjeta de crédito, pueden
andar por las avenidas iluminadas sometidos a las pulsiones de la publicidad
y experimentando el orgullo del consumidor que exige un producto que
colme sus expectativas. Nadie está excluido: todos somos usuarios
que posibilitamos el fortalecimiento del mercado y la hegemonía
del cada vez más abstracto capital.
En tiempos incipientes del desarrollo capitalista, los escritores y
artistas eran movidos por una pasión desenfrenada, pues sólo
el que "no tenía razón" o poseía rentas
prominentes y extravagancia, podía dedicarse a una profesión
que lo condenaría a morirse de hambre. Ahora, el resplandeciente
sistema editorial del primer mundo y los ansiosos compradores de novedades
literarias y artísticas, permiten que cualquiera se dedique a
las bellas artes alentado por la promesa de la publicidad y un público
necesitado de distraerse con productos culturales, para olvidarse momentáneamente
de las horas de oficina, la terrible rutina, el vértigo del tiempo,
la soledad de sus departamentos, lo que hemos hecho de la vida. La lógica
de la especialización de las funciones ha terminado encerrando
a los individuos en cubículos. La interrelacionalidad se limita
al uso tecnócrata del lenguaje. La sociedad reprime las necesidades
más profundas, como la solidaridad, la amistad, la convivencia
armónica, a favor de la eficiencia económica. Ante este
desamparo, el arte se yergue como el espacio imaginado donde estas necesidades
residuales se ven satisfechas ilusoriamente. El lector de novelas, por
ejemplo, tiene una experiencia de comunión virtual, cuando en
verdad está sentado en un sofá, aislado del mundo circundante.
Y se siente unido a la vida y periplo de esos personajes salidos de
una imaginación muchas veces masturbatoria, más que a
la vida y periplo de sus vecinos. Su limitado existir se ve dilatado
en la ficción, donde se ama y sufre en contraste a su apacible
lectura, entregado a una experiencia cultural de la que mañana
podrá presumir ante sus compañeros de trabajo. Todo parece
una broma grotesca y la literatura cumple una función semejante
al valium.
Este rol narcotizante del arte no es novedad. Fue denunciado en la primera
mitad del siglo XX por los artistas y filósofos más críticos
de occidente. En la sociedad racionalmente organizada que se consolidó
tras la Ilustración, el burgués que se acercaba al arte
experimentaba, durante los segundos de contemplación, una suerte
de éxtasis místico, para luego regresar a su conducta
civilizada. El arte era el terreno donde la imaginación y la
razón confluían para crear paraísos artificiales
donde el hombre se sentía más completo. Una sociedad presionada
por la separación de los saberes, por la racionalidad subyugando
la totalidad del ser y una moralidad apremiante, encontró en
el arte una fuga de escape a las presiones sociales. Este efecto adormecedor
fue denominado de auriático por Walter Benjamín, pues
como un viento sublime o una droga exótica, alzaba al público
sobre la mezquindad de su aburrida existencia. "El arte es un producto
farmacéuticos para imbéciles", sentenció el
dadaísta Francis Picabia.
Las vanguardias históricas, en su pretensión de unir
vida y poesía, se rebelaron contra un arte que no tenía
implicancia en la praxis vital de los hombres. Un arte subversivo enfrentado
al de sus predecesores, que se encargó de revelar las hipocresías
y contradicciones de la sociedad burguesa de levita y guantes blancos,
liberó las potencialidades creadoras del espíritu. Guiadas
por el asco a un contexto aberrante y el anhelo de transformar al hombre
y su mundo, las manifestaciones vanguardistas sufrieron el rechazo de
los conservadores. No podía ser de otro modo. Sólo al
escandalizar profundamente el gusto burgués y ser despreciadas
por la cultura oficial, las vanguardias pudieron conservar su marginalidad,
que consideraban pureza; desde la otra margen, criticaron con fuego
a la sociedad que detestaban. Lamentablemente, esa crítica no
fue suficiente para transformar el entorno vital de los individuos.
Lejos de llegar a su fin, la organización racional de la sociedad
se agudizó, hasta los niveles actuales por todos comprobables.
Y las vanguardias terminaron asimiladas por un sistema totalizante que
todo lo absorbe, transforma y convierte en producto de venta.
Cuando las obras de Miró y de Kandinsky entraron al juego de
remates y especulación, perdieron su potencial trasgresor y la
intención transformadora, utópica, se redujo a mero proyecto
estético. Tras la Segunda Guerra y las bombas de Hiroshima y
Nagasaki, el capitalismo entra a su etapa avanzada caracterizada por
el desarrollo tecnológico radical al servicio del poder y el
fortalecimiento de los aparatos de comunicación, no menos comprometidos
con los grupos dominantes. El arte no pudo conservar autonomía
frente a estas transformaciones. Junto con un creciente mercado de coleccionistas
y consumidores de arte en Norteamérica, los medios de comunicación
se volvieron capaces de integrar prácticamente todo en su discurso,
incluso lo que originalmente le era contrario. El arte trasgresor y
subversivo, en estas circunstancias, se convirtió en objeto de
consumo y el rótulo de vanguardista, en slogan publicitario para
atraer a un público ávido de novedades. El terrorismo
intelectual que caracterizó los años de entreguerras mostró
su incapacidad de mantenerse firme ante la hegemonía del dólar.
Nada evidencia tan claramente el paradójico destino de las vanguardias
históricas como la explosión de museos de arte moderno
experimentada en el primer mundo durante la década de los setenta,
la era de la nostalgia y el academicismo. Las vanguardias desarrollaron
un discurso crítico contra el museo como ente que encarnaba las
aspiraciones monumentalizantes, colonizadoras y pomposas de la era burguesa.
La crítica al museo como agente legitimador del desarrollo capitalista
y su avasallamiento sobre los pueblos no-occidentales, sigue siendo
válida en la actual etapa del patrocinio de las multinacionales
y del malamente llamado post-colonialismo. Sin embargo, en las ciudades
del primer mundo plagadas de museos, más gente que nunca se aglomera
sin reflexión en sus salas atraídos por su aparato mediático,
es decir, grandes afiches, folletos, antologías suntuosas, etc.
El museo ha pasado a ser, de santuario elitista destinado a la conservación
de los productos más refinados del espíritu, en medio
de comunicación de masas donde se establece cuales son las tendencias
de moda y las obras mejor cotizadas.
La repercusiones del acaparante mercado fueron tan dramáticas
y evidentes, que según muchos teóricos hemos entrado a
una etapa epistemológica radicalmente distinta a la moderna,
denominada postmodernidad. Frederic Jameson habla de la postmodernidad
como lógica cultural del capitalismo avanzado y la entiende como
cambio significativo en los modos de producción. ¿Qué
es lo que sucede con el arte en un mundo gobernado por las leyes de
oferta y demanda? Hoy, lo más bello, es lo más caro. No
es, entonces, una cuestión de destreza técnica o de capacidad
de revelación lo que nos hace diferenciar un producto cultural
de otro. Para el imaginario popular, un buen libro es el de más
tiraje y los mejores artistas son los más valorados. Se recubre
así de status el que vende sus obras en Nueva York y pronto su
figura empieza a despertar interés en todo el mundo y aparece
en los espacios culturales televisivos. Es cierto que ahora al artista
se le promete el oro y el moro, pero siempre y cuando ceda a las exigencias
de la demanda. Los aparatos de distribución y difusión
del arte, los críticos, los galeristas, los editores de las revistas
especializadas, se encargaran de elegir arbitrariamente que determinadas
tendencias merecen la pena ser reconocidas, muchas veces motivados por
sus propios intereses, puesto que determinados críticos están
amarrados a determinadas galerías y determinadas galerías
tienen contratos de exclusividad con determinados artistas. Así
como el arte de la edad media y del renacimiento legitimaba el poder
de la iglesia y de las cortes, hoy legitima al libre mercado. El arte
como terreno de resistencia y rechazo, de crítica y revelación,
de libertad y lucha, ha cedido bajo el fetiche de las mercancías.
Es por eso y no por otra cosa, que la poesía y la música
no-popular, al ser artes que aún se conservan como bastiones
de recuperación del hombre libre, son mantenidos en la marginalidad
a menos que se simplifiquen, al estilo Phillip Glass o Bukowski. Los
críticos y teóricos más agudos son recluidos en
universidades, destinados a un publico específico, desde donde
su repercusión en el devenir social es mínima. Lo digo
y lo repito: el mundo es gobernado exclusivamente por los intereses
del capital y ni la intelectualidad, ni el proletariado, son fuerzas
de choque y dialéctica. La consigna es clara: el que no cede,
es asimilado como marginal, al más puro estilo Che Guevara.
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