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Si a una persona seria le interrogamos que entiende por Anarquía,
nos dirá, como absolviendo la pregunta de un catecismo: "Anarquía
es la dislocación social, el estado de guerra permanente, el
regreso del hombre a la barbarie primitiva". Llamará también
al anarquista un enemigo jurado de vida y propiedad ajenas, un energúmeno
acometido de fobia universal y destructiva, una especie de felino extraviado
en el corazón de las ciudades. Para muchas gentes, el anarquista
resume sus ideales por el gusto de hacerle.
No solamente las personas serias y poco instruidas tienen ese modo
infantil de ver las cosas: hombres ilustrados, que en otras materias
discurren con lucidez y mesura, desbarran lastimosamente al hablar de
anarquismo y anarquistas. Siguen a los santos padres cuando trataban
de herejías y herejes. Lombroso y Le Bon recuerdan a Tertuliano
y San Jerónimo. El autor de El hombre criminal, ¿no llegó
hasta insinuar que los anarquistas fueran entregados a las muchedumbres,
quiere decir, entregados a la ley de Lynch? Hay, pues, sus Torquemadas
laicos, tan feroces y terribles como los sacerdotes.
Quienes juzgan la Anarquía por el revolver de Bresci, el puñal
de Caserio y las bombas de Ravachol no se distinguen de los librepensadores
vulgares que valorizan el cristianismo por las hogueras de la Inquisición
y los mosquetazos de la Saint-Barthélemy. Para medir el alcance
de los denuestos prodigados por enemigos a enemigos, recordamos a paganos
y cristianos de los primeros siglos acusándose recíprocamente
de asesinos, incendiarios, concupiscentes, incestuosos, corruptores
de la infancia, unisexuales, enemigos del Imperio, baldón de
la especie humana, etc. Cartago historiada por Roma, atenas por Esparta,
sugieren una idea de la Anarquía juzgada por sus adversarios..
La sugieren también nuestros contemporáneos en sus controversias
políticas y religiosas. Si para el radical-socialista, un monárquico
representa al reo justiciable, para el monárquico, un radical-socialista
merece el patíbulo. Para el anglicano, nadie tan depravado como
el romanista; para el romanista, nadie tan digno de abominación
como el anglicano. Afirmar en discusiones políticas y religiosas
que un hombre es un imbécil, equivale a decir que ese hombre
no piensa como nosotros pensamos.
Anarquía y anarquista encierran lo contrario de lo que pretenden
sus detractores. El ideal anárquico se pudiera resumir en dos
líneas: la libertad ilimitada y el mayor bienestar posible del
individuo, con la abolición del estado y la propiedad individual.
Si ha de censurársele algo al anarquista, censúresele
su optimismo y la confianza en la bondad ingénita del hombre.
El anarquista, ensanchando la idea cristiana, mira en cada hombre un
hermano; pero no un hermano inferior o desvalido a quien otorga caridad,
sino un hermano igual a quien debe justicia, protección y defensa.
Rechaza la caridad como una falsificación hipócrita de
la justicia, como una ironía sangrienta, como el do ínfimo
y vegatorio del usurpador al usurpado. No admite soberanía de
ninguna especie nibajo ninguna forma, sin excluir la más absurda
de todas: la del pueblo. Niega leyes, religiones y nacionalidades, para
reconocer una sola potestad: el individuo. Tan esclavo es el sometido
a la voluntad de un rey o de un pontífice, como el enfeudado
a la turbamulta de los plebiscitos o a la mayoría de los parlamentos.
Autoridad implica abuso, obediencia denuncia abyección, que el
hombre verdaderamente emancipado no ambiciona el dominio sobre sus iguales
ni acepta más autoridad que la de uno mismo sobre uno mismo.
Sin embargo, esa doctrina de amor y piedad, esa exquisita sublimación
de las ideas humanitarias, aparece diseñada en muchos autores
como una escuela del mal, como una glorificación del odio y del
crimen, hasta como el producto morboso de cerebros desequilibrados.
No falta quien halle sinónimos a matoide y anarquista. Pero,
¿sólo tiene insana, crimen y odio la doctrina profesada
por un Reclus, un Kropotkin, un Faure y un Grave? La anarquía
no surgió del proletariado como una explosión de ira y
un simple anhelo de revindicaciones en beneficio de una sola clase:
tranquilamente elaborada por hombres nacidos fuera de la masa popular,
viene de arriba, sin conceder a sus iniciadores el derecho de construir
una élite con la misión de iluminar y regir a los demás
hombres. Naturalezas de selección, árboles de fruta muy
elevada, produjeron esa fruta de salvación.
No se llame a la Anarquía un empirismo ni una concepción
simplista y anticientífica de las sociedades. Ella no rechaza
el positivismo comtiano; le acepta, despojándole del Dios-Humanidad
y del sacerdocio educativo, es decir, de todo rezago semi teológico
y neocatólico. Augusto Comte mejora a Descartes, ensancha a Condillac,
fija el rumbo de Claude Bernard y sirve de correlativo anticipado a
los Bergson nacidos y por nacer. Si el darwinismo mal interpretado parecía
justificar la dominación de los fuertes y el imperialismo despótico,
bien comprendido llega a conclusiones humanitarias, reconociendo el
poderoso influjo del auxilio mutuo, el derecho de los débiles
a la existencia y la realidad del individuo en contraposición
al vago concepto metafísico de la especie. La Ciencia contiene
afirmaciones anárquicas y la Humanidad tiende a orientarse en
dirección a la Anarquía.
Hay épocas en que algunas ideas flotan en el ambiente, hacen
parte de la atmósfera y penetran en los organismos más
refractarios para recibirlas. Hasta Spencer, hasta el gran apóstol
de la evolución antirrevolucionaria y conservadora, tiene ráfagas
de anarquismo. Los representantes mismos del saber oficial y universitario
suelen emitir ideas tan audaces, que parecen tomadas de un Bakunin o
de un Proudhon. Un profesor de la Universidad de Burdeos, Duguit, no
vacila en repetir: "Pienso que está en camino de elaborarse
una sociedad nueva, de la cual han de rechazarse tanto la noción
de un derecho perteneciente a la colectividad para mandar en el individuo
como la noción de un derecho individual para imponer su personalidad
a la colectividad y a los demás individuos. Y si, atendiendo
a las necesidades de la exposición, personificamos la colectividad
en el Estado, niego lo mismo el derecho a subsistir del Estado que el
derecho subjetivo del individuo" (Las transformaciones del Estado,
traducción de A. Posada).
No quiere decir que nos hallemos en vísperas de establecer
una sociedad anárquica. Entre la partida y la llegada median
ruinas de imperios, lagos de sangre y montañas de vísctimas.
Nace un nuevo Cristianismo sin Cristo; pero con sus perseguidores y
sus mártires. Y si en veinte siglos no ha podido cristianizarse
el mundo, ¿cuántos siglos tardará en anarquizarse?
La Anarquía es el punto luminoso y lejano hacia donde nos dirigimos
por una intrincada serie de curvas descendentes y ascendentes. Aunque
el punto luminoso fuese alejándose a medida que avanzamos y aunque
el establecimiento de una sociedad anárquica se redujera al sueño
de un filántropo, nos quedaría la gran satisfacción
de haber soñado. ¡Ojalá los hombres tuvieran siempre
sueños tan hermosos! (1907)
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