Suena a broma, pero
el tiempo va envejeciendo. O al menos eso se puede inferir a partir
de la idea de segundos, minutos y horas con la que ya muchos internautas
sincronizan sus encuentros virtuales. En plena época de globalización
y de aumento de la digitalización, el viejo reloj de manecillas,
la plástica cronometría de los cuarzos va cayendo
en desuso debido a que el horario Swatch Internet ha hecho su aparición
para beneplácito o jaqueca de quienes les tocó vivir
en esta era de la luz y de tribus con lásers.
Ah, vaya - podrían decir algunos - una nueva moda; otra estrategia
de mercado para vender más computadores, software y relojes;
quizá darle trabajo a los anticuarios, a los museos del futuro;
promover cierra puertas globales o para simplemente generar más
basura. Sin embargo, el hecho no es tan trivial o dislocado como
parece, pues, si recaemos que a veces el accionar social avanza
más rápido de lo que se le entiende, entonces nos
daremos cuenta de la importancia del horario Swatch Internet, puesto
que, sabiéndolo o no, hemos asistido a otro más de
los efectos del llamado fin de la historia . Pero, por encima de
ello, estamos frente a un concepto que, aunque en la actualidad
se vislumbre remoto, es probable que llegue a ser hegemónico
en la mente y las costumbres de las nuevas generaciones.
Aunque si vale la seña, no nos adelantemos, pues ¿qué
es esta forma de codificar el tiempo? El Swatch time se basa en
dividir los 24 diferentes usos horarios en 1000 unidades. Cada unidad
se llama beat (pulso). El día inicia con @000 beats y termina
con @999 beats. Cada beat tiene una duración de 1 minuto
y 26.4 segundos. El horario Internet siempre se muestra con una
@ y tres dígitos, por ejemplo: @625. El @000 corresponde
a la medianoche (invierno) en la ciudad de Biel, Suiza, en donde
se ha establecido el meridiano principal. Esta versión de
entender el tiempo desplaza el antiguo meridiano de Greenwich, desde
el que se estipula la convención horaria por la que nos regimos
en la actualidad. En este sentido, el tiempo ya no sería
una codificación en la que un minuto son 60 segundos, una
hora 60 minutos, un día 24 horas, etc; sino un asunto de
arrobas, beats pero, sobre todo: Internet y de un tipo de pauta
de experiencia donde el tiempo se entiende desde el lenguaje de
la tecnología digital, con lo cual la sincronización
de los actos humanos se hace a partir de los computadores. Esto
quiere decir que nada de lo que se conciba se hará sin antes
pasar (subrepticia o concientemente) por una racionalidad tecnologizada
donde el lenguaje de la Internet será el más frecuente
acompañante de aquel espíritu que llamamos mente.
¿Asunto para asustarse o para celebrar? Ni uno ni otro, pues
resulta árido pensar si la Internet, las computadoras o cualquier
tecnología de comunicación debe continuar su avance
(lo hará guste o no) . Lo importante, más bien, es
interpretar por qué un cambio de esta naturaleza tendría
una repercusión en lo psicológico, en lo interpersonal,
en social, etc; de los hombres y mujeres cuando el mundo haya terminado
de sufrir una profunda globalización en la que, en todos
los puntos del planeta, exista una computadora como hoy en día
ocurre con los televisores y las radios.
El mecanismo del tiempo
Si bien es cierto que el horario Internet es 1) un invento y
estrategia más de quienes comparten y promueven la idea
de la sociedad de consumo , 2) para implementarse como forma de
nombrar el tiempo necesita a escala mundial de un proceso de integración
similar al logrado por la Unión Europea , y 3) aún
es una codificación que no ha especificado por ejemplo
cómo se nombrarán los meses, los años, los
siglos, los milenios, en fin, no ha establecido sistemas calendarios
de corto y largo alcance; ello no lo hace un asunto de importancia
secundaría. Es necesario recalcar que a) un cambio en la
simbolización del tiempo siempre traerá también
un cambio en la sincronización de la vida en sociedad de
los seres humanos, y b) el horario Internet es el germen final
con el cual, en la sociedad del futuro, la cultura mediática,
del plástico y del consumo ha ganado toda hegemonía
sobre otros tipos de cultura en los que primaba la historia y
no sólo la oferta y la demanda.
Para entender mejor cómo opera este cambio, expliquemos
a qué nos referimos cuando hablamos de tiempo. Lo primero
que se viene a la mente cuando mencionamos esta palabra es, para
unos; el lapso recorrido desde que alguien fue concebido, luego
niño, joven, adulto, anciano hasta llegar a ser polvo.
Para otros quizá, aquellos viajes como hizo el señor
Scrooge, del relato Canción de Navidad de Charles Dickens,
una noche de pascuas en su pasado, presente y posibles futuros.
O a lo mejor aquella condición de imperecedero, de condenado
a repetirse en el tiempo, como tenía el mítico Joseph
Cartaphilus del cuento El Inmortal de Jorge Luis Borges.
Resulta evidente que ningún ser humano ha experimentado
el tiempo al mítico modo de Scrooge o Cartaphilus, pues
esta forma no existe o, si la hay, es digamos de forma teórica
más no practicable hoy en día . Además es
importante destacar que esto en sí no es tiempo, sino devenir,
y más bien el tiempo es la herramienta principal como,
dicho de varios modos, se simboliza, se ordena, se racionaliza
o conserva en la memoria el devenir para poder entender la situación
en la que estamos. En otras palabras, cuando hablamos de tiempo
nos estamos refiriendo a una codificación que el hombre
ha inventado desde el lenguaje, para guiarse en el devenir o en
el flujo, siempre hacia adelante, del espacio .
El caso del Jet Lag, o desorientación por efecto de un
viaje a una región donde prima otra regla horaria, vale
para ejemplificar qué es el tiempo. ¿Es extraño
acaso que al viajar de un continente a otro el primer choque que
tengamos sea el temporal? ¿Acaso algunas personas no les
toma varios días acostumbrarse a las más de 15 horas
de diferencia que hay entre Perú y Asia? Lo cierto es que
sí. A nadie le es raro que el extranjero quiera desayunar
a la hora de la cena. Duerma cuando todos trabajan. Pueda trabajar
cuando todos duermen. El viajero no encaja en aquella sociedad
que se mueve al ritmo que le dictan sus relojes, sus calendarios,
sus agendas y no en el que él tiene grabado en su memoria.
Esto es porque el viajero está experimentado el mismo devenir
que los otros, pero por un asunto de memoria y de cultura (el
lenguaje siempre establece flujos y reflujos en nuestro aparato
psicológico) está viviendo aún con los cánones
de tiempo de su anterior zona horaria. Si bien es cierto, este
desorden de nuestro hipotético viajero se soluciona en
la medida en que él se ajuste a la regla horaria que impera
en la sociedad donde se está desarrollando, también
es cierto que si no lo hace sufrirá las consecuencias de
por ejemplo: llegar demasiado temprano o tarde a sus citas. Encontrar
negocios cerrados cuando quiera hacer alguna transacción,
demorar más de lo aceptado al efectuar sus actos; es decir,
parecer un irresponsable cuando no un demente en aquella sociedad.
Haciendo un símil, el tiempo es a la vida lo que para comunicarnos
resulta el abecedario: nadie recae en él paso a paso al
momento de pensar, hablar o escribir, pero al llegar a los otros
estamos combinando su estructura; es decir, es algo tan primario
que casi pasa desapercibido por lo inherente que esta codificación
es a la mente y a la naturaleza humana. Obviamente, para alcanzar
este nivel de conceptualización y de aprendizaje de combinación,
ha habido en la historia humana siglos y siglos de evolución,
de luchas y acuerdos hasta lograr el consenso y, consecuentemente,
producirse la universalización de, por ejemplo, el sentido
horario va de derecha a izquierda y no a la inversa, la muerte
de Cristo es el paradigma histórico con el cual el mundo
occidental sabe cuando está un año antes o uno después;
etc.
Sin embargo, ¿imagina una cronometría donde en lugar
de D.C. se use un D. I; es decir, después de Internet.
O mejor aún, D.S. ; o sea, después de Swach o cualquier
compañía que logre imponer su paradigma en el mercado
y con esto en el vocabulario de los ciudadanos? ¿No significaría
esto un cambio donde la plana ideología de mercado se ha
integrado completamente a todo lenguaje y lengua con la que nos
interrelacionamos? Algo a dónde vamos nos dice este juego,
pues, de darse como se está produciendo, esto conllevaría
a que nos establezcamos en un lenguaje que de por sí es
inestable. A diferencia de la lengua, la tecnología no
constituyen sistemas completos. La lógica de tecnología
es la continua evolución, allí no hay contradicción,
sólo sentidos binarios: dos planos y no tres como tiene
toda realidad humana y como tiene cualquier lengua, por ejemplo,
el castellano, el inglés, etc.
Tiempo al tiempo
Del mismo modo que en la primera revolución sexual se
separó al sexo de la reproducción a través
del producto de una tecnología como es la píldora,
en la segunda se ha separado la reproducción del sexo a
través de la clonación y demás métodos
de, digamos, alto fotocopiado genético; con el tiempo está
ocurriendo lo mismo. Se pretende quitar el paradigma social, natural
y real para reemplazarlo por uno tecnológico, virtual y,
por extensión, económico.
Si bien este tipo de revoluciones no siempre son pasos de suicida
, aceptar una codificación del tiempo a partir de un paradigma
como Internet sí lo resulta, pues es abrir la última
puerta (o la primera, según se vea) a un mercadeo y tecnologización
total. Es cierto que queda el argumento que los relojes son también
tecnología, sin embargo, son tecnologías no tan
ideologizadas por el consumo indiscriminado como lo es mucho del
ecosistema mediático. En donde todo se produce casi por
una escritura automática, sin que nadie sapa ya quién
tiene el teclado y las funciones críticas, políticas,
sexuales y sociales se han vuelto prácticamente inútiles
en un mundo virtual o, si se quiere, en un mundo que cada vez
es más sólo una fotocopia desteñida del mundo
real.
Según Jean Baudrillard, "…Quizá podemos
apuntar a una resolución poética del mundo, de la
especie prometida por la historia o por el lenguaje. El estado
actual del idioma humano es esclarecedor. Nuestro idioma común
intenta, por medios discursivos, inscribir la realidad en un significado,
en una forma de intercambio recíproco. Pero hoy el idioma
se ve enfrentado por la fantasía hegemónica de una
comunicación global y perpetua: el Nuevo Orden, el nuevo
ciberespacio del lenguaje, donde la ultrasimplificación
de los idiomas digitales prevalece sobre la complejidad figurativa
de los lenguajes naturales. Con la codificación y descodificación
binaria se pierde la dimensión simbólica del lenguaje;
la materialidad, la multiplicidad y la magia del lenguaje se borran.
Pero, a contrario (no nos olvidemos de que el crimen nunca es
perfecto), debemos decir que la resistencia más fuerte
hacia esta virtualización destructiva procede del mismo
lenguaje, de la singularidad, la irreductibilidad, la vernacularidad
de todos los lenguajes, que en realidad están muy vivos
y que están resultando ser el mejor elemento disuasorio
contra la exterminación global del significado. Por tanto,
el juego no ha acabado, pero nadie puede decir aún quién
dirá la última palabra".
Qué duda cabe. Producto de la ilusión de la tecnología
las cosas se están acelerando tanto que los procesos ya
no se inscriben en una temporalidad lineal, en un despliegue lineal
de la historia (el choque tecnológico cambió el
lenguaje necesario para nuestra memoria y manera de formar ideas,
muchos han pasado de una mirada con verticalidad y horizontalidad
a una, aunque también múltiple, únicamente
horizontal y sin peso específico). Poco se mueve ya de
la causa al efecto: todo se transversaliza por la inversión
del significado, por burdas copias desde los signicantes, por
acontecimientos perversos, irónicos. Aceleración,
corrientes y turbulencias, autopotenciación y efectos caóticos.
Esta desregulación es resultado del mismo sistema económico
que es hegemónico en los juegos de poder mediático
y estructura nuestros días.
Hacia el hallazgo del tiempo oprimido
Resulta apresurado plantear soluciones político - económico
que nos deriven hacia los neomarxismo o neoliberalismo, pues siempre
es la recapitulación inversa, lo opuesto a la memoria viva
que producirá un mejor lenguaje de socialización.
Necesario, obviamente, para invertir el canon propenso a la memorización
fanática, a la fascinación por las conmemoraciones,
las rehabilitaciones, las museificaciones icónicas, a la
lista de los lugares comunes con ponderación fetichista
de la herencia. O si quiere, a la obsesión por revivir
y reavivar todo lo ya fallido como una neurosis obsesiva hacia
el forzamiento de la memoria, lo cual es equivalente a la desaparición
de la misma.
Sin embargo, no es apresurado decir que la vida no es un asunto
de rebajas, de ofertas de final de temporada, un cierra puertas
a escala global en donde la lógica económica plantea
la locura de hay que arrasar con todo como si vivir en una ciudad
fuera estar perennemente en un supermercado con buenas y malas
ofertas y fecha de caducidad (se oferta hasta lo que nos hace
humanos). No podemos hacer del pasado un clon, un doble artificial
y su congelación una exactitud fingida que en realidad
nunca le hará justicia a la muy humana función de
vivir críticamente y, en sociedad, ir dejando de lado formas
de existencia a partir de ilusiones vacuas, las cuales, por ejemplo,
traen que la capa de ozono que protege la memoria se vaya deshilachando;
el agujero por el cual se escapa el tiempo y los recuerdos al
espacio se amplíe, prefigurando la gran migración
del vacío a la periferia y hacia nosotros.
En este sentido, caer en lo absoluto o en el radicalismo trágico
- infantil de decir que los medios de comunicación son
un error; resulta ocioso, absurdo. Sin embargo, apañar
la universalización de su hipertrofia y la cantidad de
lenguajes e información basura que se genera en muchos
de los espacios mediáticos, sí es un disparate .
Es evidente que nos encontramos en el pase de la sociedad mecánica
a la digital, pero nada debe ser Más social que lo social
(ejemplo: las masas). Más verdad que la verdad (ejemplo:
la simulación). Más real que lo real (ejemplo: lo
hiperreal). Más sexual que la sexualidad (ejemplo: la pornografía,
el cibersex y la clonación desbandada). Más violento
que la violencia (ejemplo: el terror). Más presente que
el presente (ejemplo: tiempo real e instantaneidad), pues todo
ello son formas mediáticas de un destiempo que está
en nosotros no convertirlo más en nuestra ilusión
vital, y en el fin del entendimiento del tiempo donde el movimiento
de las manecillas tienen fecha de caducidad y sentido inverso
a nuestra naturaleza.
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