LA HORA GLOBAL
o LOS EFECTOS DE LA SUPLANTACION DEL TIEMPO

Rafael Romero
Suena a broma, pero el tiempo va envejeciendo. O al menos eso se puede inferir a partir de la idea de segundos, minutos y horas con la que ya muchos internautas sincronizan sus encuentros virtuales. En plena época de globalización y de aumento de la digitalización, el viejo reloj de manecillas, la plástica cronometría de los cuarzos va cayendo en desuso debido a que el horario Swatch Internet ha hecho su aparición para beneplácito o jaqueca de quienes les tocó vivir en esta era de la luz y de tribus con lásers.

Ah, vaya - podrían decir algunos - una nueva moda; otra estrategia de mercado para vender más computadores, software y relojes; quizá darle trabajo a los anticuarios, a los museos del futuro; promover cierra puertas globales o para simplemente generar más basura. Sin embargo, el hecho no es tan trivial o dislocado como parece, pues, si recaemos que a veces el accionar social avanza más rápido de lo que se le entiende, entonces nos daremos cuenta de la importancia del horario Swatch Internet, puesto que, sabiéndolo o no, hemos asistido a otro más de los efectos del llamado fin de la historia . Pero, por encima de ello, estamos frente a un concepto que, aunque en la actualidad se vislumbre remoto, es probable que llegue a ser hegemónico en la mente y las costumbres de las nuevas generaciones.

Aunque si vale la seña, no nos adelantemos, pues ¿qué es esta forma de codificar el tiempo? El Swatch time se basa en dividir los 24 diferentes usos horarios en 1000 unidades. Cada unidad se llama beat (pulso). El día inicia con @000 beats y termina con @999 beats. Cada beat tiene una duración de 1 minuto y 26.4 segundos. El horario Internet siempre se muestra con una @ y tres dígitos, por ejemplo: @625. El @000 corresponde a la medianoche (invierno) en la ciudad de Biel, Suiza, en donde se ha establecido el meridiano principal. Esta versión de entender el tiempo desplaza el antiguo meridiano de Greenwich, desde el que se estipula la convención horaria por la que nos regimos en la actualidad. En este sentido, el tiempo ya no sería una codificación en la que un minuto son 60 segundos, una hora 60 minutos, un día 24 horas, etc; sino un asunto de arrobas, beats pero, sobre todo: Internet y de un tipo de pauta de experiencia donde el tiempo se entiende desde el lenguaje de la tecnología digital, con lo cual la sincronización de los actos humanos se hace a partir de los computadores. Esto quiere decir que nada de lo que se conciba se hará sin antes pasar (subrepticia o concientemente) por una racionalidad tecnologizada donde el lenguaje de la Internet será el más frecuente acompañante de aquel espíritu que llamamos mente.

¿Asunto para asustarse o para celebrar? Ni uno ni otro, pues resulta árido pensar si la Internet, las computadoras o cualquier tecnología de comunicación debe continuar su avance (lo hará guste o no) . Lo importante, más bien, es interpretar por qué un cambio de esta naturaleza tendría una repercusión en lo psicológico, en lo interpersonal, en social, etc; de los hombres y mujeres cuando el mundo haya terminado de sufrir una profunda globalización en la que, en todos los puntos del planeta, exista una computadora como hoy en día ocurre con los televisores y las radios.

El mecanismo del tiempo

Si bien es cierto que el horario Internet es 1) un invento y estrategia más de quienes comparten y promueven la idea de la sociedad de consumo , 2) para implementarse como forma de nombrar el tiempo necesita a escala mundial de un proceso de integración similar al logrado por la Unión Europea , y 3) aún es una codificación que no ha especificado por ejemplo cómo se nombrarán los meses, los años, los siglos, los milenios, en fin, no ha establecido sistemas calendarios de corto y largo alcance; ello no lo hace un asunto de importancia secundaría. Es necesario recalcar que a) un cambio en la simbolización del tiempo siempre traerá también un cambio en la sincronización de la vida en sociedad de los seres humanos, y b) el horario Internet es el germen final con el cual, en la sociedad del futuro, la cultura mediática, del plástico y del consumo ha ganado toda hegemonía sobre otros tipos de cultura en los que primaba la historia y no sólo la oferta y la demanda.

Para entender mejor cómo opera este cambio, expliquemos a qué nos referimos cuando hablamos de tiempo. Lo primero que se viene a la mente cuando mencionamos esta palabra es, para unos; el lapso recorrido desde que alguien fue concebido, luego niño, joven, adulto, anciano hasta llegar a ser polvo. Para otros quizá, aquellos viajes como hizo el señor Scrooge, del relato Canción de Navidad de Charles Dickens, una noche de pascuas en su pasado, presente y posibles futuros. O a lo mejor aquella condición de imperecedero, de condenado a repetirse en el tiempo, como tenía el mítico Joseph Cartaphilus del cuento El Inmortal de Jorge Luis Borges.

Resulta evidente que ningún ser humano ha experimentado el tiempo al mítico modo de Scrooge o Cartaphilus, pues esta forma no existe o, si la hay, es digamos de forma teórica más no practicable hoy en día . Además es importante destacar que esto en sí no es tiempo, sino devenir, y más bien el tiempo es la herramienta principal como, dicho de varios modos, se simboliza, se ordena, se racionaliza o conserva en la memoria el devenir para poder entender la situación en la que estamos. En otras palabras, cuando hablamos de tiempo nos estamos refiriendo a una codificación que el hombre ha inventado desde el lenguaje, para guiarse en el devenir o en el flujo, siempre hacia adelante, del espacio .

El caso del Jet Lag, o desorientación por efecto de un viaje a una región donde prima otra regla horaria, vale para ejemplificar qué es el tiempo. ¿Es extraño acaso que al viajar de un continente a otro el primer choque que tengamos sea el temporal? ¿Acaso algunas personas no les toma varios días acostumbrarse a las más de 15 horas de diferencia que hay entre Perú y Asia? Lo cierto es que sí. A nadie le es raro que el extranjero quiera desayunar a la hora de la cena. Duerma cuando todos trabajan. Pueda trabajar cuando todos duermen. El viajero no encaja en aquella sociedad que se mueve al ritmo que le dictan sus relojes, sus calendarios, sus agendas y no en el que él tiene grabado en su memoria. Esto es porque el viajero está experimentado el mismo devenir que los otros, pero por un asunto de memoria y de cultura (el lenguaje siempre establece flujos y reflujos en nuestro aparato psicológico) está viviendo aún con los cánones de tiempo de su anterior zona horaria. Si bien es cierto, este desorden de nuestro hipotético viajero se soluciona en la medida en que él se ajuste a la regla horaria que impera en la sociedad donde se está desarrollando, también es cierto que si no lo hace sufrirá las consecuencias de por ejemplo: llegar demasiado temprano o tarde a sus citas. Encontrar negocios cerrados cuando quiera hacer alguna transacción, demorar más de lo aceptado al efectuar sus actos; es decir, parecer un irresponsable cuando no un demente en aquella sociedad.

Haciendo un símil, el tiempo es a la vida lo que para comunicarnos resulta el abecedario: nadie recae en él paso a paso al momento de pensar, hablar o escribir, pero al llegar a los otros estamos combinando su estructura; es decir, es algo tan primario que casi pasa desapercibido por lo inherente que esta codificación es a la mente y a la naturaleza humana. Obviamente, para alcanzar este nivel de conceptualización y de aprendizaje de combinación, ha habido en la historia humana siglos y siglos de evolución, de luchas y acuerdos hasta lograr el consenso y, consecuentemente, producirse la universalización de, por ejemplo, el sentido horario va de derecha a izquierda y no a la inversa, la muerte de Cristo es el paradigma histórico con el cual el mundo occidental sabe cuando está un año antes o uno después; etc.

Sin embargo, ¿imagina una cronometría donde en lugar de D.C. se use un D. I; es decir, después de Internet. O mejor aún, D.S. ; o sea, después de Swach o cualquier compañía que logre imponer su paradigma en el mercado y con esto en el vocabulario de los ciudadanos? ¿No significaría esto un cambio donde la plana ideología de mercado se ha integrado completamente a todo lenguaje y lengua con la que nos interrelacionamos? Algo a dónde vamos nos dice este juego, pues, de darse como se está produciendo, esto conllevaría a que nos establezcamos en un lenguaje que de por sí es inestable. A diferencia de la lengua, la tecnología no constituyen sistemas completos. La lógica de tecnología es la continua evolución, allí no hay contradicción, sólo sentidos binarios: dos planos y no tres como tiene toda realidad humana y como tiene cualquier lengua, por ejemplo, el castellano, el inglés, etc.


Tiempo al tiempo

Del mismo modo que en la primera revolución sexual se separó al sexo de la reproducción a través del producto de una tecnología como es la píldora, en la segunda se ha separado la reproducción del sexo a través de la clonación y demás métodos de, digamos, alto fotocopiado genético; con el tiempo está ocurriendo lo mismo. Se pretende quitar el paradigma social, natural y real para reemplazarlo por uno tecnológico, virtual y, por extensión, económico.

Si bien este tipo de revoluciones no siempre son pasos de suicida , aceptar una codificación del tiempo a partir de un paradigma como Internet sí lo resulta, pues es abrir la última puerta (o la primera, según se vea) a un mercadeo y tecnologización total. Es cierto que queda el argumento que los relojes son también tecnología, sin embargo, son tecnologías no tan ideologizadas por el consumo indiscriminado como lo es mucho del ecosistema mediático. En donde todo se produce casi por una escritura automática, sin que nadie sapa ya quién tiene el teclado y las funciones críticas, políticas, sexuales y sociales se han vuelto prácticamente inútiles en un mundo virtual o, si se quiere, en un mundo que cada vez es más sólo una fotocopia desteñida del mundo real.

Según Jean Baudrillard, "…Quizá podemos apuntar a una resolución poética del mundo, de la especie prometida por la historia o por el lenguaje. El estado actual del idioma humano es esclarecedor. Nuestro idioma común intenta, por medios discursivos, inscribir la realidad en un significado, en una forma de intercambio recíproco. Pero hoy el idioma se ve enfrentado por la fantasía hegemónica de una comunicación global y perpetua: el Nuevo Orden, el nuevo ciberespacio del lenguaje, donde la ultrasimplificación de los idiomas digitales prevalece sobre la complejidad figurativa de los lenguajes naturales. Con la codificación y descodificación binaria se pierde la dimensión simbólica del lenguaje; la materialidad, la multiplicidad y la magia del lenguaje se borran. Pero, a contrario (no nos olvidemos de que el crimen nunca es perfecto), debemos decir que la resistencia más fuerte hacia esta virtualización destructiva procede del mismo lenguaje, de la singularidad, la irreductibilidad, la vernacularidad de todos los lenguajes, que en realidad están muy vivos y que están resultando ser el mejor elemento disuasorio contra la exterminación global del significado. Por tanto, el juego no ha acabado, pero nadie puede decir aún quién dirá la última palabra".

Qué duda cabe. Producto de la ilusión de la tecnología las cosas se están acelerando tanto que los procesos ya no se inscriben en una temporalidad lineal, en un despliegue lineal de la historia (el choque tecnológico cambió el lenguaje necesario para nuestra memoria y manera de formar ideas, muchos han pasado de una mirada con verticalidad y horizontalidad a una, aunque también múltiple, únicamente horizontal y sin peso específico). Poco se mueve ya de la causa al efecto: todo se transversaliza por la inversión del significado, por burdas copias desde los signicantes, por acontecimientos perversos, irónicos. Aceleración, corrientes y turbulencias, autopotenciación y efectos caóticos. Esta desregulación es resultado del mismo sistema económico que es hegemónico en los juegos de poder mediático y estructura nuestros días.

Hacia el hallazgo del tiempo oprimido

Resulta apresurado plantear soluciones político - económico que nos deriven hacia los neomarxismo o neoliberalismo, pues siempre es la recapitulación inversa, lo opuesto a la memoria viva que producirá un mejor lenguaje de socialización. Necesario, obviamente, para invertir el canon propenso a la memorización fanática, a la fascinación por las conmemoraciones, las rehabilitaciones, las museificaciones icónicas, a la lista de los lugares comunes con ponderación fetichista de la herencia. O si quiere, a la obsesión por revivir y reavivar todo lo ya fallido como una neurosis obsesiva hacia el forzamiento de la memoria, lo cual es equivalente a la desaparición de la misma.

Sin embargo, no es apresurado decir que la vida no es un asunto de rebajas, de ofertas de final de temporada, un cierra puertas a escala global en donde la lógica económica plantea la locura de hay que arrasar con todo como si vivir en una ciudad fuera estar perennemente en un supermercado con buenas y malas ofertas y fecha de caducidad (se oferta hasta lo que nos hace humanos). No podemos hacer del pasado un clon, un doble artificial y su congelación una exactitud fingida que en realidad nunca le hará justicia a la muy humana función de vivir críticamente y, en sociedad, ir dejando de lado formas de existencia a partir de ilusiones vacuas, las cuales, por ejemplo, traen que la capa de ozono que protege la memoria se vaya deshilachando; el agujero por el cual se escapa el tiempo y los recuerdos al espacio se amplíe, prefigurando la gran migración del vacío a la periferia y hacia nosotros.

En este sentido, caer en lo absoluto o en el radicalismo trágico - infantil de decir que los medios de comunicación son un error; resulta ocioso, absurdo. Sin embargo, apañar la universalización de su hipertrofia y la cantidad de lenguajes e información basura que se genera en muchos de los espacios mediáticos, sí es un disparate . Es evidente que nos encontramos en el pase de la sociedad mecánica a la digital, pero nada debe ser Más social que lo social (ejemplo: las masas). Más verdad que la verdad (ejemplo: la simulación). Más real que lo real (ejemplo: lo hiperreal). Más sexual que la sexualidad (ejemplo: la pornografía, el cibersex y la clonación desbandada). Más violento que la violencia (ejemplo: el terror). Más presente que el presente (ejemplo: tiempo real e instantaneidad), pues todo ello son formas mediáticas de un destiempo que está en nosotros no convertirlo más en nuestra ilusión vital, y en el fin del entendimiento del tiempo donde el movimiento de las manecillas tienen fecha de caducidad y sentido inverso a nuestra naturaleza.