DOS POR UNO: VIDA BILINGÜE

José Kozer
1. PLANTEAMIENTO

Una lata de crema de afeitar que dice en español "para pieles normales", en portugués "para peles normais" y luego en griego "para epidermis canónicas."

Esto último es impresionante. Lo es para todo el mundo menos para un griego.

Eso es precisamente lo que le pasa a quien ha vivido alejado de su idioma natural toda una vida. Alejado de la vida diaria del idioma, éste impresiona a cada rato, de una forma novedosa, en ocasiones lancinante; palabras en realidad corrientes, normales como la propia piel a la hora de afeitarse, cobran una luminosidad, tienen unos ecos y reverberaciones que sólo puedo definir como prístinas en un sentido primero y paradisíaco: carecen de tedio, son asombrosas, de repente poseen el brillo de las cosas recién estrenadas; palabras mondas y lirondas que saltan a la vista con destello inauguratorio, tocadas por el aura y el aroma del objeto, del hecho o realidad a que se refieren, como si poseyeran siempre un margen de resplandor.

Para mí, que he vivido treinta y siete años fuera de Cuba y que sólo he estado en contacto con mi idioma natural (es decir, con mi único idioma a nivel íntimo y, sobre todo, poético) a través de los libros, la enseñanza, los viajes de verano a España, la conversación con amigos (y enemigos) de los diversos países de habla castellana, y la conversación a diario con mi mujer española, cuyo acento sigue siendo castizo pero cuyo vocabulario, con el correr de los años, se volvió tan mestizo como el mío, reencontrarme con las palabras más comunes del idioma, y con las palabras del habla natural cubana, es a menudo una experiencia que sólo puedo categorizar como poética y aristada.

Hacía treinta años que no le oía decir a nadie "ése es un sinvergüenza"; "estropear" es un verbo que en casi cuarenta años de exilio apenas he escuchado utilizar con naturalidad una docena de veces. Escandalera, le hizo un pase, camina como Chencha la gambá, murió como Chacumbele, quedó por tentúa, es un bicho (expresión que recomiendo usar en Puerto Rico con cautela o perversión), ir con tiento, ponerle el cascabel al gato, en torno a , no me marees, soltarse el pelo, echarle un palo, echar un pie, desgreñada, desocupado, o perdido en el llano son frases, vocablos, de pronto para mí selváticos, indóciles, inestables; son palabras o expresiones que acaban de nacer, están sin tocar, rezuman la frescura de lo inocente. Poseen un fondo último que considero irrecuperable, con un historial vaciado, y de cuyo vacío reverso salta ese vocablo, o salta esa frase, renovados, recuperados y por así decir, absueltos de un yugo impuesto por el uso y el abuso.

Vocablos, frases hechas que se han alborotado: están frescos, desajados, huelen a nuevo. La palabra más normal, inopinadamente, es un dechado y no un cliché; su epidermis, como la del majá o la víbora, participa de la renovación. Esa renovación tiene un curioso funcionamiento. Al vivir toda una vida, como quien dice, en Nueva York, y al estar toda una vida inmerso en el inglés, la palabra inglesa "complexion" que parece rebuscada pero que en inglés es corriente y televisiva, forma parte integral de mi vida cotidiana. La oigo, la veo, la leo por todas partes: boy, she has such a nice complexion; Lord, he has a terrible complexion; if you care about your complexion, try Preparation H o lo que sea. Sin embargo, cutis es una palabra que apenas oigo; no la veo, no la leo, está ahí latente durante años: y cuando de repente la oigo o la veo, cobra resonancia y visibilidad inusitadas: es casi una palabra virgen, primordial, bárbara y silvestre, oriunda en un sentido ulterior y primario. De pronto cobro conciencia de la palabra cutis, soy su descubridor, seré su revelador, la acuñaré y moroso la amaré deleitándome en su sabor, su aroma, su lenta pronunciación, sus letras y más íntimos tonos sonoros, microscópicos, de diapasón ligeramente cacofónico. Cutis: un staccato. Cutis, una palabra que al mirarla tiene para mí algo de lascivo (¿será porque escrita me recuerda a "cunt", coño en inglés?). Cutis, Qtip, Cut it, cute she is; la misma sensación del primer párrafo del Lolita de Nabokov; cutis, una palabra que corta, acaricia; corta palabra acariciadora, casi inglesa, españolísima. Palabra rozagante, palabra cold cream. Alusiva. Revienta, en libre asociación bilingüe, y de su vientre salen luces de bengala, girándulas, castillos de fuego. Se llena la noche de la palabra cutis, noche oscura del cutis.

"Complexion" siempre ha sido y será para mí una palabra chata, mate, sin chisporroteos: apoética, apopléjica. No es recuperable porque jamás la perdí. Por el contrario, cutis es una palabra apoteósica, poética (aunque luego revierta a su inanidad). Estuvo perdida hasta que un buen día, al oírla en medio de la calle saltó, se desembarazó de su falaz muerte por indiferencia, zafándose de su naturaleza muerta para surgir cual fruta viva, rijoso bocado, núbil caricia: un cacho iridiscente de fruta, una tajada comestible.

 

2. NUDO

Hace treinta años, cuando yo era pobre y documentado, trabajé un par de años de tarugo en la biblioteca de ciencias de NYU. Ahí robaban libros a mansalva, metiéndoselos en las amplias sisas de los abrigos de invierno o dentro de las maletas, maletines y mochilas de los estudiantes y profesores, quienes, dicho sea de paso, eran los que más robaban. Nuestro trabajo consistía en volver a colocar en sus estantes (los "estacs" que decíamos los "espics") los libros devueltos o que quedaban abandonados sobre las lúgubres y anchas mesas de lectura del recinto inmenso y bañado por la luz fría del neón; además, un par de veces por semana se nos ponía a vigilar a la entrada de la sala de lectura a quienes salían a fin de cerciorarnos de que no se llevaban ningún libro nuestro en sus honestas alforjas. La biblioteca, como es de suponer, era espacio sagrado donde reinaba un silencio letal. Se podía oír volar a una mosca, rascar una entrepierna, forcejear un borborigmo, rehuir un estornudo la nariz. Una tarde en que me tocó vigilar a la puerta de entrada y chequear las maletas, valijas, portafolios, macutos y demás fardos, costales y materiales cóncavos creados ad hoc para el hurto, tuve que pedirle a un estudiante, a quien aún recuerdo pelado a la malanga y trabado de cuerpo, que me mostrara un gran bolso de lona que llevaba en la mano. Se lo pedí, pues tal es mi naturaleza, con la mayor cortesía y buena disposición de ánimo (pese al mísero sueldo semanal que cobraba); se lo pedí cortésmente, con una sonrisa y leve inclinación de cabeza porque, además, así lo exigían los reglamentos. El estudiante se negó en rotundo a abrir el bolso. Con cortesía, pero con aplomo, y dándole a entender que de ahí no salía sin yo efectuar la necesaria revisión, volví a pedirle que abriera el bolso y me permitiera proceder a la inspección. Me miró de arriba a abajo, los ojos sanguinolentos, el belfo caído, un principio de espuma asomándole ya a la comisura de los labios. Abrió las fauces del bolso (las suyas las trancó la rabia contenida), y sacó cuatro o cinco libros, por cierto y evidentemente suyos, de aquel foso del intelecto y la más avanzada ciencia; sin pensárselo ya dos veces los tiró sobre la mesa, al mismo tiempo que, célere, agarraba uno de ellos, el más pesado, y me lo lanzaba con fuerza y tino al pecho. Golpeó, abrí de par en par la boca, y ahí ardió Troya.

Valiente no soy, cobarde tampoco: me le abalancé, varios compañeros de trabajo que ya estaban pendientes de lo que pudiera ocurrir se nos echaron encima, reteniéndonos, a fin de impedir la enojosa pelea que a ojos vistas lucía inevitable. Cogido por detrás (expresión que jamás usaría en la Argentina), impedido y forcejeando por librarme, le empecé a gritar a aquel energúmeno, y en medio de un silencio de séptimo sello, los peores vituperios de que puede hacer gala la lengua inglesa: you mother fucker, son of a bitch, cock sucker, piece of shit, ass licker, I'm gonna break your fucking balls, you bastard, etc. Todo ello, además, con mi acento cubano en inglés de 1964, que sonaría más o menos así: yu moder fokker, sonofabí, cok soquer, pis of chit, asliker, an gona brei yur fokin bols.

Al estudiante lo sacaron a empellones de la sala de lectura, le volvieron a revisar el bolso, no llevaba nada que no fuera de su propiedad, lo largaron; y a mí, los amigos me tranquilizaron y mi jefa, que era reprimida, puritana y mosca muerta, me dio el resto de la tarde libre pidiéndome que volviera al día siguiente a trabajar, después de haberme hecho un buen despojo de boca. Llegué a mi apartamento, dispuesto a ducharme y hacer gárgaras a fondo; entré a aquel maravilloso walk-up de un quinto piso del Village, calle 4 y Sexta Avenida, cinco cuartos, cocina y cucarachas, baño y cucarachas, setenta y cinco verdes al mes, en el centro del mundo. Me duché, y luego me senté en la destartalada butaca de la sala, poniéndome a revivir el incidente. Me escuché entonces decir aquellas barbaridades, en aquel silencio atroz de biblioteca, en un salón donde habría un ciento y la madre de individuos leyendo, y a medida que en mi cabeza se sucedía la ringla de procacidaces a las que en mi furia había recurrido, me daba cuenta de que en las mismas circunstancias, y por igual enfogonado por la rabia, yo no hubiera podido gritar (increpar) empleando siquiera el uno por ciento de lo que ahí soltara, si todo aquello me hubiera sucedido en español. Traducía en mi cabeza buscando cercanas equivalencias en español a mis malas palabras en inglés, y al surgir en mi mente la palabra o expresión españolas, me sentía enrojecer; se me caía la cara de vergüenza. Comprendía que me hubiera sido del todo imposible chillar algo tan fuerte como you cock sucker en su equivalente español. En parecidas circunstancias, y por muy grande que fuese mi rabia, yo no hubiera soltado siquiera un coñito en aquel lugar; no, de eso nada, imposible, no way Jouzei, yo no le hubiera gritado al tipo aquel, me cago en el coño de tu madre, hijo de puta, maricón, vete a la pinga, comemierda, madre que te parió. De eso nada; ni el etc., le hubiera gritado. En inglés lo había insultado sin pensármelo dos veces; en español, jamás. Ahí el del pelado a la malanga y el trabado era yo. En inglés, yo conocía esas palabras, las oía mil veces al día, sabía su significado, pero carecía de su emoción. Un go fuck yourself que yo soltaba con fuerza sonora y gesto correspondiente, era en mi interior español cosa hueca, sonoridad inane, vacío que no significaba.

 

3. DESENLACE

Después de haber vivido casi cuarenta años en inglés, cuando hago operaciones aritméticas las hago automáticamente en español; si pienso en mis padres y les hablo en la imaginación, lo hago en español; si me enfurezco y pierdo los estribos a fondo, la diatriba y el furor fluyen de mi boca en español; inmerso cuarenta años en el inglés y a punto de perder el español, enajenado del español y al borde de una pérdida mayor de fluidez en el manejo de mi idioma materno, mis exabruptos (vete al carajo, me cago en el coño de tu etc. y demás lisuras del rojo acervo) brotan en español; I love you no toca fondo, te quiero va mucho más allá, te amo es zona casi prohibida, reservada a los grandes momentos del amor humano y del amor divino: God, I love you, lo entiendo, lo utilizo, no lo necesito para la hora de la muerte. En la cama, en los fogajes y los ajetreos de mayor intimidad, gimoteo, me deshago, recibo y entrego en español.