1. PLANTEAMIENTO
Una lata de crema de afeitar que dice en español "para pieles
normales", en portugués "para peles normais" y luego
en griego "para epidermis canónicas."
Esto último es impresionante. Lo es para todo el mundo menos
para un griego.
Eso es precisamente lo que le pasa a quien ha vivido alejado de su
idioma natural toda una vida. Alejado de la vida diaria del idioma,
éste impresiona a cada rato, de una forma novedosa, en ocasiones
lancinante; palabras en realidad corrientes, normales como la propia
piel a la hora de afeitarse, cobran una luminosidad, tienen unos ecos
y reverberaciones que sólo puedo definir como prístinas
en un sentido primero y paradisíaco: carecen de tedio, son asombrosas,
de repente poseen el brillo de las cosas recién estrenadas; palabras
mondas y lirondas que saltan a la vista con destello inauguratorio,
tocadas por el aura y el aroma del objeto, del hecho o realidad a que
se refieren, como si poseyeran siempre un margen de resplandor.
Para mí, que he vivido treinta y siete años fuera de
Cuba y que sólo he estado en contacto con mi idioma natural (es
decir, con mi único idioma a nivel íntimo y, sobre todo,
poético) a través de los libros, la enseñanza,
los viajes de verano a España, la conversación con amigos
(y enemigos) de los diversos países de habla castellana, y la
conversación a diario con mi mujer española, cuyo acento
sigue siendo castizo pero cuyo vocabulario, con el correr de los años,
se volvió tan mestizo como el mío, reencontrarme con las
palabras más comunes del idioma, y con las palabras del habla
natural cubana, es a menudo una experiencia que sólo puedo categorizar
como poética y aristada.
Hacía treinta años que no le oía decir a nadie
"ése es un sinvergüenza"; "estropear"
es un verbo que en casi cuarenta años de exilio apenas he escuchado
utilizar con naturalidad una docena de veces. Escandalera, le hizo un
pase, camina como Chencha la gambá, murió como Chacumbele,
quedó por tentúa, es un bicho (expresión que recomiendo
usar en Puerto Rico con cautela o perversión), ir con tiento,
ponerle el cascabel al gato, en torno a , no me marees, soltarse el
pelo, echarle un palo, echar un pie, desgreñada, desocupado,
o perdido en el llano son frases, vocablos, de pronto para mí
selváticos, indóciles, inestables; son palabras o expresiones
que acaban de nacer, están sin tocar, rezuman la frescura de
lo inocente. Poseen un fondo último que considero irrecuperable,
con un historial vaciado, y de cuyo vacío reverso salta ese vocablo,
o salta esa frase, renovados, recuperados y por así decir, absueltos
de un yugo impuesto por el uso y el abuso.
Vocablos, frases hechas que se han alborotado: están frescos,
desajados, huelen a nuevo. La palabra más normal, inopinadamente,
es un dechado y no un cliché; su epidermis, como la del majá
o la víbora, participa de la renovación. Esa renovación
tiene un curioso funcionamiento. Al vivir toda una vida, como quien
dice, en Nueva York, y al estar toda una vida inmerso en el inglés,
la palabra inglesa "complexion" que parece rebuscada pero
que en inglés es corriente y televisiva, forma parte integral
de mi vida cotidiana. La oigo, la veo, la leo por todas partes: boy,
she has such a nice complexion; Lord, he has a terrible complexion;
if you care about your complexion, try Preparation H o lo que sea. Sin
embargo, cutis es una palabra que apenas oigo; no la veo, no la leo,
está ahí latente durante años: y cuando de repente
la oigo o la veo, cobra resonancia y visibilidad inusitadas: es casi
una palabra virgen, primordial, bárbara y silvestre, oriunda
en un sentido ulterior y primario. De pronto cobro conciencia de la
palabra cutis, soy su descubridor, seré su revelador, la acuñaré
y moroso la amaré deleitándome en su sabor, su aroma,
su lenta pronunciación, sus letras y más íntimos
tonos sonoros, microscópicos, de diapasón ligeramente
cacofónico. Cutis: un staccato. Cutis, una palabra que al mirarla
tiene para mí algo de lascivo (¿será porque escrita
me recuerda a "cunt", coño en inglés?). Cutis,
Qtip, Cut it, cute she is; la misma sensación del primer párrafo
del Lolita de Nabokov; cutis, una palabra que corta, acaricia; corta
palabra acariciadora, casi inglesa, españolísima. Palabra
rozagante, palabra cold cream. Alusiva. Revienta, en libre asociación
bilingüe, y de su vientre salen luces de bengala, girándulas,
castillos de fuego. Se llena la noche de la palabra cutis, noche oscura
del cutis.
"Complexion" siempre ha sido y será para mí
una palabra chata, mate, sin chisporroteos: apoética, apopléjica.
No es recuperable porque jamás la perdí. Por el contrario,
cutis es una palabra apoteósica, poética (aunque luego
revierta a su inanidad). Estuvo perdida hasta que un buen día,
al oírla en medio de la calle saltó, se desembarazó
de su falaz muerte por indiferencia, zafándose de su naturaleza
muerta para surgir cual fruta viva, rijoso bocado, núbil caricia:
un cacho iridiscente de fruta, una tajada comestible.
2. NUDO
Hace treinta años, cuando yo era pobre y documentado, trabajé
un par de años de tarugo en la biblioteca de ciencias de NYU.
Ahí robaban libros a mansalva, metiéndoselos en las amplias
sisas de los abrigos de invierno o dentro de las maletas, maletines
y mochilas de los estudiantes y profesores, quienes, dicho sea de paso,
eran los que más robaban. Nuestro trabajo consistía en
volver a colocar en sus estantes (los "estacs" que decíamos
los "espics") los libros devueltos o que quedaban abandonados
sobre las lúgubres y anchas mesas de lectura del recinto inmenso
y bañado por la luz fría del neón; además,
un par de veces por semana se nos ponía a vigilar a la entrada
de la sala de lectura a quienes salían a fin de cerciorarnos
de que no se llevaban ningún libro nuestro en sus honestas alforjas.
La biblioteca, como es de suponer, era espacio sagrado donde reinaba
un silencio letal. Se podía oír volar a una mosca, rascar
una entrepierna, forcejear un borborigmo, rehuir un estornudo la nariz.
Una tarde en que me tocó vigilar a la puerta de entrada y chequear
las maletas, valijas, portafolios, macutos y demás fardos, costales
y materiales cóncavos creados ad hoc para el hurto, tuve que
pedirle a un estudiante, a quien aún recuerdo pelado a la malanga
y trabado de cuerpo, que me mostrara un gran bolso de lona que llevaba
en la mano. Se lo pedí, pues tal es mi naturaleza, con la mayor
cortesía y buena disposición de ánimo (pese al
mísero sueldo semanal que cobraba); se lo pedí cortésmente,
con una sonrisa y leve inclinación de cabeza porque, además,
así lo exigían los reglamentos. El estudiante se negó
en rotundo a abrir el bolso. Con cortesía, pero con aplomo, y
dándole a entender que de ahí no salía sin yo efectuar
la necesaria revisión, volví a pedirle que abriera el
bolso y me permitiera proceder a la inspección. Me miró
de arriba a abajo, los ojos sanguinolentos, el belfo caído, un
principio de espuma asomándole ya a la comisura de los labios.
Abrió las fauces del bolso (las suyas las trancó la rabia
contenida), y sacó cuatro o cinco libros, por cierto y evidentemente
suyos, de aquel foso del intelecto y la más avanzada ciencia;
sin pensárselo ya dos veces los tiró sobre la mesa, al
mismo tiempo que, célere, agarraba uno de ellos, el más
pesado, y me lo lanzaba con fuerza y tino al pecho. Golpeó, abrí
de par en par la boca, y ahí ardió Troya.
Valiente no soy, cobarde tampoco: me le abalancé, varios compañeros
de trabajo que ya estaban pendientes de lo que pudiera ocurrir se nos
echaron encima, reteniéndonos, a fin de impedir la enojosa pelea
que a ojos vistas lucía inevitable. Cogido por detrás
(expresión que jamás usaría en la Argentina), impedido
y forcejeando por librarme, le empecé a gritar a aquel energúmeno,
y en medio de un silencio de séptimo sello, los peores vituperios
de que puede hacer gala la lengua inglesa: you mother fucker, son of
a bitch, cock sucker, piece of shit, ass licker, I'm gonna break your
fucking balls, you bastard, etc. Todo ello, además, con mi acento
cubano en inglés de 1964, que sonaría más o menos
así: yu moder fokker, sonofabí, cok soquer, pis of chit,
asliker, an gona brei yur fokin bols.
Al estudiante lo sacaron a empellones de la sala de lectura, le volvieron
a revisar el bolso, no llevaba nada que no fuera de su propiedad, lo
largaron; y a mí, los amigos me tranquilizaron y mi jefa, que
era reprimida, puritana y mosca muerta, me dio el resto de la tarde
libre pidiéndome que volviera al día siguiente a trabajar,
después de haberme hecho un buen despojo de boca. Llegué
a mi apartamento, dispuesto a ducharme y hacer gárgaras a fondo;
entré a aquel maravilloso walk-up de un quinto piso del Village,
calle 4 y Sexta Avenida, cinco cuartos, cocina y cucarachas, baño
y cucarachas, setenta y cinco verdes al mes, en el centro del mundo.
Me duché, y luego me senté en la destartalada butaca de
la sala, poniéndome a revivir el incidente. Me escuché
entonces decir aquellas barbaridades, en aquel silencio atroz de biblioteca,
en un salón donde habría un ciento y la madre de individuos
leyendo, y a medida que en mi cabeza se sucedía la ringla de
procacidaces a las que en mi furia había recurrido, me daba cuenta
de que en las mismas circunstancias, y por igual enfogonado por la rabia,
yo no hubiera podido gritar (increpar) empleando siquiera el uno por
ciento de lo que ahí soltara, si todo aquello me hubiera sucedido
en español. Traducía en mi cabeza buscando cercanas equivalencias
en español a mis malas palabras en inglés, y al surgir
en mi mente la palabra o expresión españolas, me sentía
enrojecer; se me caía la cara de vergüenza. Comprendía
que me hubiera sido del todo imposible chillar algo tan fuerte como
you cock sucker en su equivalente español. En parecidas circunstancias,
y por muy grande que fuese mi rabia, yo no hubiera soltado siquiera
un coñito en aquel lugar; no, de eso nada, imposible, no way
Jouzei, yo no le hubiera gritado al tipo aquel, me cago en el coño
de tu madre, hijo de puta, maricón, vete a la pinga, comemierda,
madre que te parió. De eso nada; ni el etc., le hubiera gritado.
En inglés lo había insultado sin pensármelo dos
veces; en español, jamás. Ahí el del pelado a la
malanga y el trabado era yo. En inglés, yo conocía esas
palabras, las oía mil veces al día, sabía su significado,
pero carecía de su emoción. Un go fuck yourself que yo
soltaba con fuerza sonora y gesto correspondiente, era en mi interior
español cosa hueca, sonoridad inane, vacío que no significaba.
3. DESENLACE
Después de haber vivido casi cuarenta años en inglés,
cuando hago operaciones aritméticas las hago automáticamente
en español; si pienso en mis padres y les hablo en la imaginación,
lo hago en español; si me enfurezco y pierdo los estribos a fondo,
la diatriba y el furor fluyen de mi boca en español; inmerso
cuarenta años en el inglés y a punto de perder el español,
enajenado del español y al borde de una pérdida mayor
de fluidez en el manejo de mi idioma materno, mis exabruptos (vete al
carajo, me cago en el coño de tu etc. y demás lisuras
del rojo acervo) brotan en español; I love you no toca fondo,
te quiero va mucho más allá, te amo es zona casi prohibida,
reservada a los grandes momentos del amor humano y del amor divino:
God, I love you, lo entiendo, lo utilizo, no lo necesito para la hora
de la muerte. En la cama, en los fogajes y los ajetreos de mayor intimidad,
gimoteo, me deshago, recibo y entrego en español.
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