| Con el tiempo, lo
que en su momento despertó gran admiración y entusiasmo,
termina siendo objeto de encarnizados ataques. Es una de las leyes
de la vida, a las que también están sujetas las ideas.
Tal es el caso de la razón. Con su descubrimiento, siglos
atrás, se abrió un prometedor futuro para las aspiraciones
de autonomía del ser humano. Armado de esta facultad espontánea
y universal, el individuo, concebido, hasta entonces, en términos
de las estructuras que lo contenían, pasó a representar
un papel protagónico en el gran teatro del mundo.
Hoy, consolidada su alianza con el capital, la razón ha
dejado de ser un instrumento de liberación, llegando a
ser vista, por los críticos de la sociedad de consumo,
como un arma de dominación. Producto de la razón
es un sistema que convierte al ser humano en un autómata
cuya misión es integrarse, a través de su participación
en el intercambio de bienes, a un gigantesco mecanismo de sumisión
ideológica, a una falsificación de la experiencia
que hace de la vida una espantosa impostura. Esta versión,
algo caricaturizada, de una protesta que, admito, es mucho más
compleja, permite, sin embargo, que uno se pregunte por lo que
está detrás: la idea de que, más allá
de las máscaras, más allá de la impostura,
existiría una experiencia más auténtica.
Toda aspiración de cambio, toda revolución, se alimenta
de esta creencia en una vida más próxima a la verdad.
Se pensó, en un momento, que la razón abriría
el camino hacia esa verdad. Hoy, desprestigiada la razón,
surge la necesidad de buscar otras alternativas.
Valdría la pena, pues, preguntarse por el papel asignado
a la locura, categoría opuesta a la razón, en esta
incesante búsqueda de alternativas, quizás lo más
noble que tenemos como especie. En tiempos en que van desapareciendo
las diferencias, lo que habita en las periferias despierta una
fascinación especial. Es lo que sucede con el discurso
del loco: su resistencia a ser asimilado por la razón hegemónica,
y esa negativa a ceder, que dota de una fuerza persuasiva particular
a los contenidos de lo que, precisamente a causa de esta resistencia,
representaría una dimensión original e intacta de
la personalidad, una zona de pureza ideológica, por así
decirlo, despierta hoy un entusiasmo semejante al que pudo haber
despertado la razón al presentarse en su momento como un
vehículo para la plena realización de nuestras aspiraciones
de autonomía.
* * *
Es necesario insistir en estas acrobacias dialécticas,
al cabo de las cuales ya no es la razón, sino la categoría
que se le opone, lo que se convierte en una esperanza de libertad,
al momento de discutir la obra de Antonin Artaud, genial figura
cuyo perfil decora cada vez más y más estandartes
de los que enarbolan las brigadas de utopistas convencidos de
que es preciso tumbarse el edificio de la razón sin que
quede ni siquiera una piedra en pie. Nunca como hoy ha estado
tan en boga hablar de él, declararse seguidor suyo. Y obviamente
es imposible hablar de Artaud sin hacer referencia a su locura,
al tiempo que pasó encerrado en un manicomio. ¿Se
habría imaginado, en sus momentos más críticos,
el prestigio que su enfermedad conferiría sobre su figura?
Puede que sí, puede que esa locura se nutriese de la esperanza
de que en algún futuro alguien le daría la razón.
En todo caso, el pensamiento de Artaud expresa esa suerte de pureza
ideológica que hoy suele atribuirse a lo marginal. Aunque
el Teatro de la Crueldad fue mal recibido en su momento, por suerte
hoy todavía nos queda lucidez suficiente como para reconocer
que nos equivocamos y que ese hombre que todos tomaban por un
demente era el autor de una excepcional propuesta.
Se corre, sin embargo, un riesgo muy grande a la hora de examinar
las ideas de esta excepcional figura, un riesgo que tiene mucho
que ver con la posición marginal que, debido a su famosa
locura, Artaud ocuparía en la historia del pensamiento.
Declarando que algo es excepcional, neutralizamos, acaso sin querer,
su potencial revolucionario. Sucede con el loco lo que Nietzsche
advirtió que sucede con el genio: puede reducirse el impacto
de esta marginalidad contestataria si no se tiene en cuenta que
la genialidad, y ese seductor halo de autonomía que la
reviste, es también una ilusión. Detrás de
las resplandecientes imágenes que el genio produce hay
todo un trabajo, toda una movilización de los contenidos
de la mente, contenidos que aun en cuadros de excepcionalidad,
están determinados por la experiencia y, por ende, por
la cultura. Tratándose de una figura como la de Artaud,
si se quiere respetar el potencial revolucionario de su propuesta,
es necesario sospechar de la supuesta "originalidad"
de sus ideas.
Artaud sería el primero en estar de acuerdo. Los que sostienen
que el Teatro de la Crueldad es un proyecto novedoso están
muy equivocados: él mismo reitera hasta el cansancio, a
lo largo de El teatro y su doble, que el esfuerzo que permitirá
que se lleve a cabo ese extraordinario proyecto es, ante todo,
un esfuerzo de recuperación. El teatro que Artaud propone
existió alguna vez; sin embargo, se ha perdido, se ha extraviado.
"¿Cómo es posible -se pregunta en un momento-
que el teatro, tal como se le conoce en Europa, o mejor dicho
en Occidente, haya menoscabado todo aquello que es propio de lo
teatral?" Hay que devolverle al teatro su dimensión
estrictamente teatral: Artaud se revela aquí como un buscador
de esencias. Y, también, puesto que va en busca de estas
esencias, como un hombre de su tiempo, pues al igual que otros
artistas de su época, al intentar recuperar lo que se ha
perdido, Artaud volverá la mirada hacia un tiempo fabuloso:
el tiempo de los orígenes. Bajo el influjo de Nietzsche
y sus genealogías, uno de cuyos principales objetivos es,
precisamente, el de descubrir las transformaciones que ciertos
fenómenos culturales han sufrido a lo largo del tiempo,
y en una época en la que el psicoanálisis, con su
interés por las mitologías individuales, comienza
a ejercer su feroz embrujo en el ambiente intelectual, Artaud
se aboca a una labor arqueológica: es necesario devolver
al teatro su eficacia original, para lo cual, como muchos de sus
contemporáneos -entre ellos, varios de los exponentes de
surrealismo, y también Picasso y los cubistas-, vuelve
la mirada hacia las manifestaciones del llamado arte primitivo,
arte no "contaminado" por las tendencias occidentales.
No es coincidencia que lo que inspira a Artaud a plantear el Teatro
de la Crueldad sea una función del famoso Teatro Balinés,
incluida en el programa de la Exposición Internacional
que tuvo lugar en París, hacia comienzos de los 30. Artaud,
pues, no inventa: rescata. El Teatro de la Crueldad es -y es aquí
que salta a la vista, con mayor nitidez, su afinidad con las pesquisas
genealógicas- una manera de saldar cuentas con el olvido.
El parentesco entre ambas figuras, Artaud y Nietzsche, es fundamental
para la comprensión de lo que Artaud tiene en mente. Nietzsche
entiende la genealogía como un esfuerzo por iluminar los
conceptos -o, mejor dicho, los errores- que organizan nuestra
visión del mundo. Volver a los orígenes de un concepto
nos permite descubrir la intención inicial, aquello que
realmente está detrás de una práctica o de
una idea. De igual manera, el Teatro de la Crueldad nos permite
regresar a una concepción del teatro anterior a su eventual
debilitamiento. ¿Qué parecido se puede establecer
entre esta idea del teatro y la concepción trágica
del mundo cuya muerte Nietzsche lamenta en El nacimiento de la
tragedia? La tragedia es para Nietzsche una manifestación
cultural en la que se enfrentan el impulso apolíneo, instinto
conceptual, principio de la apariencia, y el llamado impulso dionisiaco,
instinto musical, principio de la embriaguez, de la disolución,
principio que, habría que resaltar, no puede manifestarse,
ingresar al universo de las representaciones, por ser enemigo
de la forma, salvo a condición de efectuarse la síntesis
con el instinto apolíneo, síntesis que la tragedia
operaría. Sin embargo, a partir de la aparición,
en el panorama intelectual, del optimismo socrático, el
cual propone un universo conceptual de realidades estables y valores
absolutos, aparición que coincide con el salto a la fama
de Eurípides, al igual que una marcada preferencia por
sus dramas de estilo realista, el instinto dionisiaco es paulatinamente
abandonado, convirtiéndose la tragedia, al igual que el
resto de prácticas culturales asociadas con la concepción
trágica del mundo, en un ejercicio puramente intelectual.
Es el comienzo de un error que se prolongará por varios
siglos, y que vendrá a ser rectificado, según Nietzsche,
con la aparición, en el panorama cultural, de Wagner.
Artaud, al igual que Nietzsche a la hora de estudiar la muerte
de la tragedia, critica duramente el papel del privilegio concedido
a la razón instrumental, al logos, en la paulatina desaparición
de esa idea original del teatro, a la que intenta regresar. Esta
crítica se vale de una postura típica del pensamiento
mítico, tal como lo entiende Mircea Eliade: conferir un
prestigio mágico a los orígenes, al tiempo fabuloso
de los comienzos. Para Nietzsche, antes de la razón está
la concepción trágica. Artaud, por su parte, cuestiona
los instrumentos: si el principal vehículo de la razón
instrumental es la palabra, el principio es un estado anterior
a la palabra. A lo largo de El teatro y su doble Artaud hace hincapié
en el error que supone privilegiar el diálogo a la hora
de hacer teatro. Su objeción es doble: además de
convertir al teatro en una rama de la literatura, cosa que en
realidad no es, los miramientos para con el diálogo producen
siempre un teatro psicológico: "¿Quién
dijo que el teatro fue hecho para la disección de caracteres
o para ofrecer solución a esos conflictos de orden humano,
pasional, actual y psicológico, que campean abundantemente
en la escena contemporánea?" Despojar a la palabra
de sus privilegios es, pues, un paso necesario para que aparezca
el lenguaje que el teatro reclama con urgencia.
En lugar de la palabra, Artaud propone un lenguaje netamente
espacial: música, gesticulación, danza, arquitectura,
se trata de combinar estos elementos y lograr así una poesía
del espacio -"la que potencialmente puede crearse por combinación
de líneas, formas, colores, objetos"- generada en
la misma escena, un lenguaje de gestos y actitudes, de signos,
que han de actuar como "jeroglíficos" para el
espectador. Al hablar de estos gestos como jeroglíficos,
y plantear que el signo y su dimensión ideográfico
son la unidad elemental del lenguaje que orgánicamente
corresponde al teatro, Artaud sugiere que es necesario que el
espectador se aboque a un esfuerzo de interpretación. Pero
es una idea diferente de lo que es la interpretación la
que opera en Artaud. En lugar de ser un ejercicio intelectual,
la interpretación se presenta como una aproximación
al peligro. La función del signo es despertar una inquietud,
turbar la paz de quien lo confronta. Se puede establecer, aquí,
un nuevo paralelo entre Artaud y Nietzsche: el signo consiste,
para ambos, en la cristalización, en la manifestación
formal, de un impulso que, en realidad, excede a la forma, de
un impulso cuya esencia, en su estado intacto, no puede ser asimilada
por el universo de las representaciones. Al poner una imagen de
la mitología mexicana como ejemplo de una manifestación
cultural de una fuerza análoga a la que emanarían
los signos que pueblan su teatro, Artaud dice: "Los zigzagueos
de la serpiente de Quetzalcoatl lucen armoniosos dado que expresan
la potencia dormida de una fuerza que contiene una tempestad de
fluctuaciones y equilibrios en perpetuo movimiento, y la intensidad
de esas formas se produce como consecuencia de la necesidad de
atraer y capturar esa fuerza que sería, musicalmente hablando,
un acorde sorpresivo y desgarrante". No sorprende que, al
aludir a aquello que intenta alcanzar, Artaud se valga de metáforas
musicales: lo auténticamente teatral, el signo, no es otra
cosa que esa cristalización de un ímpetu lírico,
que al igual que el instinto dionisiaco, tendería a la
disolución. El trasfondo al que alude Nietzsche en su discusión
de la tragedia, ese inquietante impulso lírico y musical,
es el mismo al que se refiere Artaud al momento de hablar de la
confrontación con el signo y el consiguiente encuentro
con el peligro. "La aparición súbita de un
ser artificial, de trapo y madera, íntegramente ficcional,
sin correspondencia con lo conocido y, a pesar de todo, de naturaleza
inquietante, en condiciones de incorporar a la escena algo de
ese gran horror metafísico, raíz de todo teatro
antiguo" -este ejemplo de un elemento que podría ser
incluido en su teatro ilustra perfectamente la alternación
entre lo conocido y lo desconocido, entre la opacidad y la transparencia,
que la confrontación con la forma, y la dimensión
metafísica que la excede, despierta en quien, según
Artaud, se encuentra con el signo.
* * *
"No cabe duda de que la confusión es el signo de
los tiempos", escribe Artaud en el prefacio a El teatro y
su doble, "y el sustento último de ésta",
continúa, "es el divorcio o distanciamiento entre
los hechos y las palabras, ideas y signos encargados de representarlos".
Sentencia paradójica, ya que si bien el lenguaje -las palabras,
las ideas, los signos- ha perdido la capacidad de representar
la realidad de manera adecuada, la confusión a la que conduce
esta pérdida es todavía un "signo" -en
este caso, signo de los tiempos. El distanciamiento del signo
genera, pues, confusión, pero esta confusión es
a la vez un signo: el lenguaje no deja, nunca, de representar,
aun en tiempos de crisis.
¿Por qué esta insistencia en una crisis del signo,
crisis que a su vez funciona como signo, crisis de la representación
que sin embargo representa algo? La confusión, la crisis,
son el soporte necesario para un proyecto como el de Artaud, al
punto que no sería exagerado decir que no puede plantearse
la pregunta por el lenguaje sin antes postular que se atraviesa
por una crisis. Y es que el signo, al distanciarse, al divorciarse
de la realidad, adquiere, por así decirlo, cierta autonomía,
la necesaria para convertirse en objeto de una búsqueda,
de una ciencia. No se trata, entonces, de encontrar signos que
se adecúen perfectamente a la realidad: no es eso lo que
Artaud quiere cuando habla de una confusión. Y no solamente
porque estaríamos ante un imposible, también porque
al decir que el signo está en crisis, nos colocamos ante
el pretexto perfecto para iniciar una reflexión en torno
al signo y sus vínculos con el mundo. Para que tal reflexión
se sostenga, es preciso, pues, profundizar, y no cerrar, la grieta
que separa al signo del mundo.
Me atrevería a sostener que es esta reflexión en
torno al signo, y no el teatro en sí, lo que interesa,
en realidad, a Artaud, y que El teatro y su doble, más
que un libro en torno al teatro, debe ser leído como una
serie de apuntes para una futura filosofía del lenguaje.
El teatro funciona en su imaginación como una metáfora
de algo más profundo, la relación entre el signo
y el mundo y la posición que el ser humano ocupa en esta
relación. El teatro es simplemente un medio, particularmente
apropiado para esta reflexión, ya que la meta a la cual
se aspira -"perseguir por todos los medios una revisión
profunda no sólo de los aspectos del mundo objetivo y descriptivo
externo, sino también del mundo interno, es decir, del
hombre considerado metafísicamente"- implica variables
espaciales y el teatro es, posiblemente, el medio espacial por
excelencia. El teatro, cuya función es hacer que el hombre
confronte una representación de la vida, alude ineludiblemente
al problema de la relación entre el ser humano y su entorno.
Cuando Artaud habla del teatro, está hablando, pues, de
la relación entre el hombre y el mundo, y de la apertura
que el signo es capaz de efectuar al momento en que el hombre
lo confronta.
En la concepción tiene Artaud del signo, en la idea de
que el signo remite, en última instancia, a una inquietud
fundamental, se advierte algo que ya había saltado a la
luz a la hora de discutir el prestigio concedido a los orígenes:
la influencia del pensamiento mítico. Mircea Eliade se
refiere al mito como un intento de volver legible el mundo. Poblado
de signos que tienen cada uno su historia, el mundo se abre, se
entrega a nosotros, a la vez que nosotros, al intentar descifrarlo,
reconociendo, en última instancia, que el mundo seguirá
conservando intacta su opacidad, nos abrimos a él. El conocimiento
que podemos derivar de un mundo comprendido como un espacio poblado
de signos que apuntan hacia una inquietud esencial no será
nunca un conocimiento que subyuga, un conocimiento cuya meta es
aniquilar, en su intento por asimilar el objeto, cualquier asomo
de alteridad. Se trata, en este sentido, de respetar la opacidad
del mundo. La función del teatro sería la de recrear
esta escena primordial, este drama esencial: el del ser humano
que se encuentra de pronto en medio de un mundo poblado de signos
que lo inquietan, que lo instan, sí, a indagar, pero no
con el fin de encontrar un fundamento que, al permitir que esos
signos se intelectualicen, rescate al hombre del mundo, sino con
el fin de abrirse, de aceptar su disolución, en el impulso
lírico que mantiene las fluctuaciones y los equilibrios
en movimiento. Bajo esta perspectiva, Artaud estaría más
cerca de lo que uno estaría tentado a pensar, a primera
vista, de otro gran teórico del signo: Marcel Proust. Contemporáneo
suyo, Proust, a quien muchos consideran la antítesis del
artista revolucionario por haber cometido el inaceptable pecado
de encerrarse en un cuarto a recordar su espléndida vida
de burgués, se embarca en una reflexión en torno
al signo muy parecida a la de Artaud, regresando, también,
a ese problema fundamental, el del encuentro del hombre con un
mundo poblado de signos ante los cuales hombre y mundo se abren,
"como en ese juego en el que los japoneses", dice el
narrador de En busca del tiempo perdido, "se divierten mojando
en un tazón de porcelana lleno de agua unos trocitos de
papel hasta entonces indistintos, pero que, apenas son sumergidos,
se estiran, se retuercen, se colorean, se diferencian, se vuelven
flores, casas, personajes consistentes y reconocibles".
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