CUARENTA AÑOS EN LA UNIVERSIDAD DE LIMA.
“Quiero que la universidad se vuelque a sí
misma, una vez más, para encontrarse nuevamente y para
encontrar nuevos derroteros y nueva luz” (Harold Griffiths,
1977).
El cuarenta aniversario de una institución es una ocasión
especial: nos ubica no ante expectativas sino ante el veredicto
de las realizaciones. Es un momento para evaluar con valentía
lo que hemos hecho de la organización. En el caso de
la Universidad de Lima, los indicadores de éxito son
visibles y una sensación de logro debe envolver, con
justicia, a todos los que han participado y participan en el
proyecto. Sin embargo, junto con las expresiones laudatorias
del momento, la oportunidad es propicia para realizar un deseo
que Harold Griffiths expresara al asumir el cargo de Vice Rector
de la Universidad en octubre 1977 cuando dijo : “quiero
que la universidad se vuelque a sí misma , una vez mas,
para encontrarse nuevamente y buscar nuevos derroteros y nueva
luz”. Esto implica preguntarnos: dónde estamos,
es aquí donde planeamos llegar?. Apelando a mi larga
afiliación con la institución y a un renovado
compromiso con los ideales que la inspiraron me he permitido
compartir estas reflexiones, a manera de testimonio de parte
que pueda ayudar a todos los interesados en el presente y el
futuro de la Universidad de Lima a tener un cuadro mas completo
de la situación. Empezaré refiriéndome
al ambiente existente durante la creación y evolución
de la Universidad de Lima, a la misión original que se
planteó, a algunos hitos importantes en su evolución,
a lo que la última década ha representado para
la Universidad y a algunos aspectos de la institución
que debemos revisar si es que queremos que la Universidad continúe
como una institución emprendedora y vital.
El ambiente general que se vivía a comienzos de los 60
se caracteriza por lo que ha sido llamado el “optimismo
desarrollista”. Propio de este espíritu era un
reconocimiento más consciente por parte de las élites
intelectuales y políticas del subdesarrollo de los países
y la decisión de superarlo; se ponía el énfasis
en la educación, la industrialización y en reformas
graduales; y había la esperanza de que aumentando la
producción industrial se generaría el desarrollo
económico, así como la igualdad social, la estabilidad
política y la democracia constitucional. En el Perú,
durante el gobierno de Prado, el Estado se abstenía de
participar en la vida social y económica del país
y respetaba y favorecía a la iniciativa privada y a la
libre empresa. La economía, tradicionalmente basada en
la agricultura y la minería, comenzaba a recibir el aporte
de la industria y mostraba signos positivos de desarrollo; la
inflación estaba bajo control y la tasa de cambio se
mantuvo inalterable. Ese proceso de modernización exigía
lideres orientados al desarrollo con nuevas actitudes, valores
y destrezas, que las instituciones de educación superior
no estaban en aptitud de proveer.
La oferta de educación superior presentaba problemas
de cantidad, calidad y pertinencia. Las universidades existentes:
San Marcos, San Agustín, San Antonio Abad del Cuzco,
Nacional de Trujillo y Universidad Católica de Lima y
las entonces Escuelas Agronomía y de Ingeniería
no podían hacer frente a un número de candidatos
cada vez mayor. La explosión demográfica, las
mayores expectativas populares por educación, el número
cada vez mayor de egresados de secundaria que querían
continuar estudios superiores, la creciente industrialización
y urbanización, una clase media que había emergido
con considerable poder político, presionaban por una
ampliación de la oferta educativa. A esto se agregaba
la falta de pertinencia de los ofrecimientos curriculares pues
a comienzos del 60 las universidades seguían dedicadas
al cultivo de profesionales liberales rigiéndose por
el modelo tradicional propio de la colonia. El panorama universitario
se obscurecía con serios problemas de gobierno institucional.
El movimiento de reforma universitaria de 1930-32 y 1946 había
acabado con la universidad aristocrática deshaciendo
los círculos que la habían dominado, pero no permitió
la formación de una generación de docentes que
asumiera el liderazgo de la Universidad reformada. Este vacío
fue llenado por los partidos políticos. Cuando la extrema
izquierda asumió el liderazgo, a fines de los sesenta,
se había perdido totalmente no sólo los ideales
de reforma sino también la idea de Universidad. De acuerdo
a Chiappo , de torre de marfil la universidad había pasado
a ser torre de alucinados y en palabras de Vargas Llosa, la
universidad, en vez de acelerar el progreso del país,
lo había retardado, favoreciendo de esa manera a los
sectores mas reaccionarios .
La Universidad de Lima se gesta en ese contexto. El proyecto
de creación fue aprobado por el gobierno de Prado en
abril de 1962. Aparece junto con otras universidades privadas
(Universidad Cayetano Heredia, Universidad del Pacífico,
Universidad Femenina del Sagrado corazón, Universidad
San Martín de Porres), que surgen al amparo de la ley
universitaria 13417. La Idea de la Universidad fue concebida
por Antonio Pinilla quien convocaría después a
algunos intelectuales y profesores universitarios como Carlos
Cueto Fernandini, Francisco Miró Quesada, Héctor
Velarde y Jorge Dellepiane Ocampo, y a empresarios como Gabriel
Lanta, Ezio Piaggio, Isaac Lindley, Manuel Mujica Gallo, Jorge
de las Casas y otros. Un paso decisivo fue la creación
de la Asociación Civil PRODIES ( Promoción del
Desarrollo Industrial a través de la Educación
superior) pues de acuerdo a la ley vigente, una universidad
privada sólo podría ser creada por una fundación
o asociación sin fines de lucro que demostrara poseer
los recursos económicos y académicos necesarios.
El Directorio de esta Asociación constituiría
, después, el Consejo Económico, primer órgano
de gobierno de la Universidad.
Pinilla estaba convencido de que la mejor manera de introducir
cambios en la educación superior era creando una nueva
organización donde las restricciones del pasado fueran
mínimas y donde no tuviera que enfrentarse con la rigidez
de la estructura organizativa ni con una cultura organizacional
reacia al cambio; consecuente con eso, se empeñó
en crear una universidad diferente que ofreciera las nuevas
especialidades que el desarrollo del país iba a requerir,
que estuviera fuertemente comprometida con la investigación
y que se apartara de los vicios que aquejaban a la universidad
pública del momento; una universidad al servicio del
país que, mas allá de formar en las profesiones
liberales tradicionales, formara recursos humanos con las capacidades
emprendedoras requeridas por el desarrollo nacional y que operara
como una auténtica comunidad universitaria donde el respeto
recíproco entre profesores y alumnos fuera la norma y
donde el avance del conocimiento y su difusión no sufriera
restricciones por presiones de ninguna índole.
La capacidad de Antonio Pinilla para esbozar la filosofía
institucional, para transmitirla a diferentes públicos;
sus habilidades para lograr identificación y compromiso
por parte de sus colaboradores y las técnicas que aplicó
para ganar apoyo y eliminar resistencia fueron notables; ellas
marcaron el desarrollo de la Universidad en sus primeras etapas.
El modelo inicial sin embargo no se implementó a cabalidad.
Una serie de factores externos e internos obligaron a modificarlo.
En 1968 Belaunde fue derrocado por Velasco Alvarado. El gobierno
Revolucionario de la Fuerza armada, adhiriéndose a la
teoría de la dependencia, pretendía hacer cambios
revolucionarios en todas las esferas de la vida social, incluido
el sector educativo. Ese mismo año fallece Carlos Cueto
Fernandini y la Universidad se ve privada del liderazgo académico
que él venía brindando desde el inicio como Vice
Rector y como Presidente del Comité de curriculum. En
1969 se promulga el Decreto Ley No 17437 que transformó
a la universidad peruana en un esfuerzo por modernizarla. Este
Decreto abolió las facultades que habían sido
establecidas desde comienzos de la república y las sustituyo
por Programas; reemplazó la cátedra por los Departamentos
académicos como unidades académicas básicas;
introdujo un programa de Estudios Generales de cuatro semestres
de duración, en un intento de posponer la estrecha especialización
profesional; introdujo también la idea de coordinación
considerando a todas las universidades peruanas como integrantes
de un sistema de educación superior y les asignó
la responsabilidad de contribuir al desarrollo social, económico,
cultural y político del país. También centralizó
los servicios administrativos de cada universidad y reorganizo
los órganos de gobierno a fin de robustecer el poder
del rector y reducir el de los estudiantes.
Aprovechando que, por mandato de la ley, la Universidad debía
reorganizarse Pinilla introdujo una serie de cambios adicionales
en su estructura académica que se tradujeron en la diversificación
de los programas que venía ofreciendo. La Facultad de
Artes y Ciencias desapareció como tal. Sus dos primeros
años con algunas modificaciones se convirtieron en el
Programa de Estudios Generales y los otros dos sirvieron de
base a programas profesionales en Ciencias Administrativas,
en Economía, en Contabilidad. Se agregó también
un programa de Administración de la Educación
y un programa en Comunicaciones. La Facultad de Ciencias sociales
y Económicas que ofrecía un programa de post grado
se convirtió en el Programa de Perfeccionamiento en Administración
que daba grados de master pero que, por disposición de
la ley, debía funcionar sólo hasta que los alumnos
ya matriculados se graduaran. En 1972 se agregarían los
programas de Metalurgia y Siderurgia, de Ingeniería de
Sistemas y de Ingeniería Industrial.
Mientras la Universidad de Lima, al igual que muchas de las
universidades privadas del país, no tuvieron mayores
problemas en adecuarse a las nuevas disposiciones legales, las
universidades nacionales encararon dificultades muy serias lo
que las llevó a asumir una fuerte oposición. Esto
indujo al Gobierno Militar a elaborar una nueva ley universitaria
como parte integrante de la Ley General de Educación
. Esta se promulga en 1972 (D.L. 19326) . Este decreto establecía
que la educación superior consistiría de tres
ciclos: el primero correspondía las escuelas superiores
profesionales que ofrecían estudios conducentes a un
bachillerato profesional (ESEPs); el segundo correspondía
a las universidades y terminaría en una licenciatura
y en el grado de master y en el tercer nivel vendría
el Instituto Nacional de Educación superior que conferiría
grados de doctor. Establecía la participación
estudiantil a todos los niveles de gobierno de la institución
así como la participación de los trabajadores
no docentes. La estructura académica fue objeto de algunas
disposiciones que no resultaban muy claras, dejándose
la puerta abierta para un número de estructuras alternativas.
La reglamentación del D.L. 19326 en lo relativo a las
Universidades le fue confiada a la misma comunidad universitaria
la que debió elegir una Comisión Estatutaria Nacional
para que redactara el Estatuto. Este intento se frustró.
En vez de diseñar un esquema que permitiera a las universidades
gobernarse a sí mismas, los representantes de ultra izquierda
se dedicaron a descubrir intenciones ocultas en la ley. Fracasado
el intento de elaborar su propio Estatuto, las universidades
vivieron largos años de indecisión esperando soluciones
legales que el gobierno no pudo dar. Una disposición
transitoria de la misma ley disponía que las autoridades
universitarias debían permanecer en el cargo hasta ser
reemplazadas por las nuevas. Esta situación, que no debía
exceder un plazo de seis meses, se prolongó por cerca
de cinco años poniendo a las universidades al borde del
colapso; el D.L. 19326 no se aplicaba en el nivel universitario
por no tener un Estatuto que lo reglamente por lo que las universidades
debieron regirse por el Estatuto del D.L.17437 ya derogado.
La situación de incertidumbre legal se prolongó
por mas de diez años. La larga permanencia de los rectores
en sus cargos tuvo diferentes efectos en las universidades del
país . En algunas universidades privadas esta continuidad
permitió a las autoridades estabilizarse, replantear
los objetivos institucionales a la luz de las nueva circunstancias
y dar pasos decisivos hacia su logro; en otras, dio lugar a
episodios de conflicto y anarquía. En la Universidad
de Lima, un efecto concreto fue la concentración del
poder en manos del Rector, circunstancia que, si bien favoreció
el desarrollo de sus proyectos, no propició la creación
de una cultura de participación docente ni una estructura
adecuada para canalizar esta participación.
Aunque la Universidad de Lima asumió un rol crítico
frente a la política educativa del gobierno revolucionario,
el D.L.17437, cuyo Estatuto siguió vigente, no impidió
la expansión y desarrollo de la institución. El
Decreto respondía a un modelo modernizante, que buscaba
altos estándares académicos e incluía muchos
de los elementos que la Universidad de Lima quería institucionalizar,
tales como el rol de la universidad en el desarrollo nacional,
la modernización de estructuras universitarias, la preocupación
por la educación general de sus estudiantes, la introducción
del departamento como la unidad académica básica,
el esquema de organización semestral y el sistema de
unidades de crédito. Por otra parte, el Consejo Nacional
de la Universidad Peruana, CONUP, el nuevo organismo nacional
de coordinación y gobierno creado por el mismo D.L. 17437,
muy criticado por reducir la autonomía académica
y administrativa de las universidades, resultó ser una
influencia positiva a la Universidad de Lima pues proveyó
el control que el Consejo Económico , órgano de
gobierno de la Universidad, ya no podía brindarle.
En 1975 se reorganiza CONUP y se le reducen sus facultades
normativas y de intervención directa en las universidades;
en 1977, aunque no se promulgó una nueva ley universitaria
ni se replanteó la política de educación
superior, el Gobierno dispuso elecciones de autoridades en todas
las universidades del país. Esta medida, si bien introdujo
un elemento de orden en la educación superior al permitir
contar con autoridades legítimas, no resolvió
los problemas universitarios. La políticas universitarias
claras que el gobierno debió formular se hicieron esperar
por mas de siete años.
La década del 80, que se inicia con una nueva Constitución
y la vuelta al régimen democrático, encontró
a la educación superior peruana en serios problemas.
La universidad estaba en caos, cualquiera que fuera la perspectiva
desde donde se le mirara. El fracaso de la reforma integral
de la educación que se había tratado de llevar
a cabo con el D.L. 19326 había resultado en la perdida
de calidad de los postulantes. La falla en implementar las Escuelas
Superiores Profesionales (ESEPs) se tradujo en un excesivo numero
de candidatos que las universidades no podían atender.
Cada año las universidades públicas y privadas
rechazaban a un 76 por ciento de postulantes. Mientras la demanda
crecía, la oferta permanecía inalterable. Durante
el gobierno de las Fuerzas Armadas no se estimuló la
creación de nuevas universidades.
Esta misma década, conocida por los científicos
sociales como la década perdida, fue especialmente difícil
para el país dadas la violencia terrorista y la crisis
económica. En los últimos años de los 80
la agudización de la crisis económica obligó
a las universidades a adoptar fuertes medidas de austeridad
que, prácticamente, la limitaban a sobrevivir. Igualmente,
la profundización de la violencia obligaba a tomar medidas
de seguridad que cambiaron considerablemente el clima institucional.
En este ambiente, las universidades actuaban como barcos navegando
en mares procelosos, sin rumbo definido, sin brújula,
sin cartas de navegación y sin hacer nada por evitar
su hundimiento. Mientras tanto, la Universidad de Lima, ya con
Ilse Wisotzki en el rectorado, seguía creciendo y ganaba
un espacio considerable en el escenario nacional.
El 17 de diciembre de 1983 se dio la ley 23733 que las universidades
habían venido esperando desde comienzos de los 70. Esta
norma eliminó los Programas Académicos y dispuso
la vuelta al sistema de Facultades . Impuso también una
estructura de gobierno que incluía la participación
de alumnos, graduados, profesores y autoridades en todas las
universidades . Esta es la estructura de gobierno que, con pequeñas
modificaciones rige hasta ahora..
La década de los noventa significo nuevos desafíos.
Cambios mundiales en lo político, económico, cultural
y tecnológico configuran una nueva realidad caracterizada
por el triunfo de la economía de mercado, la globalización,
y el creciente desarrollo de las tecnologías de comunicación
e informática. Estos procesos generaban tensiones y planteaban
nuevas exigencias educativas. La educación adquirió
así una renovada importancia . La Comisión Delors
nombrada por la UNESCO la veía como la “utopía
necesaria”, y organismos regionales como la CEPAL proponían
replantear la misión de la universidad, esperándose
que atienda los nuevos requerimientos sociales los que equivalen
a garantizar la transformación productiva con equidad.
En el Perú, esta década correspondió al
gobierno de Fujimori y a su programa neoliberal que significó
privatizaciones, cambio de rol del Estado en materia educativa
y el intento de trasladar al mercado áreas que antes
habían sido responsabilidad del Estado. En la práctica
dejó a la educación superior a la iniciativa privada.
En las universidades nacionales, muchas de ellas, en situación
caótica, dominadas por grupos extremistas, se limitó
a imponer el orden disponiendo que destacamentos de soldados
asuman el control del campus y en muchos casos, nombrando comisiones
de reorganización que asumieron todas las atribuciones
de gobierno.
La Universidad de Lima llegó a su trigésimo aniversario
en 1992 con problemas inéditos. La comunidad académica
inicial había sido reemplazada por número de Facultades
autónomas, cada una de las cuales pugnaba por promover
sus propios intereses lo que se traducía en duplicidad
de gastos, despilfarro y crecimiento inorgánico. Se requeriría
un liderazgo que asumiera nuevas tareas, entre ellas, redefinir
la misión de la Universidad a la luz de las exigencias
del momento, generar identidad institucional y cohesión
entre sus diversos grupos constitutivos, revisar su estructura
de gobierno a fin de no perder la vista a la institución
como un todo y aparear la autoridad con la debida responsabilidad.
Para entonces, la política de contratación, nombramiento
y separación de profesores y los reglamentos eleccionarios
habían reducido considerablemente la masa critica de
profesores de entre los cuales hubiera podido elegirse al líder
que la institución necesitaba.
Coincidentemente, en estos años no hubo mayores avances
en cuestiones de política educativa al nivel universitario
salvo la dación en 1996 del Decreto legislativo No. 882
y, dos años después, su reglamento. Este Decreto,
que pretendía establecer condiciones y garantías
para promover la inversión privada en servicios educativos,
con la finalidad de "contribuir a modernizar el sistema
educativo y ampliar la oferta y la cobertura" era aplicable
a todas las Instituciones Educativas Particulares, inclusive
a las universidades. Normó el derecho a la libre iniciativa
privada para realizar actividades en la educación el
mismo que incluye el derecho de fundar, promover, conducir y
gestionar Instituciones Educativas Particulares, con o sin finalidad
lucrativa. Reconoció el derecho a adquirir y transferir
la propiedad sobre éstas, así como la responsabilidad
del propietario en la conducción de la institución
y en el logro de los objetivos educacionales. Estableció
que las instituciones educativas particulares debían
organizarse jurídicamente bajo cualquiera de las formas
previstas en el derecho común y el régimen societario
incluyendo las de asociación civil, fundación,
cooperativa, empresa individual de responsabilidad limitada
y empresa unipersonal y ubicó a las Instituciones Educativas
Particulares en el Régimen General del Impuesto a la
Renta. Dispuso también que podían adecuarse a
ese dispositivo no sólo las universidades recientemente
creadas como empresas de servicios educativos sino las creadas
abajo el imperio de la ley 13417, como era el caso de la Universidad
de Lima. Con esto se les dio la oportunidad de reconstruir sus
órganos de gobierno originales, lo que implicaba que
los fundadores recuperaran el derecho a gobernarla.
La Asociación Civil PRODIES, promotora de la Universidad,
inactiva desde la primera ley universitaria de Velasco Alvarado,
no hizo uso de esta posibilidad. Habían desaparecido
los miembros mas comprometidos: Gabriel Lanata, Isaac Lindley,
Manuel Mujica Gallo, Santiago Gerbolini, Antonio D´Onofrio.
Las personas jurídicas que la integraban se habían
fusionado y muchas habían dejado de existir. Antonio
Pinilla, postrado por una severa enfermedad, ya no podía
ser el motor que la articulara y le diera dinamismo. La Universidad
siguió rigiéndose por la ley 17437; es, por tanto,
una entidad privada, sin fines de lucro y sin dueños.
De acuerdo a sus Estatutos, está constituida por docentes,
estudiantes y graduados quienes intervienen en el gobierno institucional
a través de representantes elegidos por ellos. El personal
administrativo y de servicios colabora como elemento de apoyo.
La infraestructura y demás bienes son propiedad de la
misma Universidad. .
Al cumplir los cuarenta años en el 2002, la Universidad
de Lima, se encuentra en una situación expectante. Los
que venimos observando su desenvolvimiento desde sus orígenes
vemos amortiguado el sentimiento de triunfo propio de las primeras
décadas. No sólo porque nuestros criterios de
evaluación se han hecho más estrictos sino porque
vemos más cerca el peligro de la sustitución de
los fines por los medios.
Un estudio realizado en 1985 sugería que a muy poco
de celebrar los 20 años de existencia, la Universidad
de Lima podría ser considerada exitosa en su proceso
de institucionalización. Era una entidad libre de actividades
políticas partidaristas donde las relaciones entre profesores
y alumnos eran positivas. Se le veía como una universidad
donde las autoridades administraban, los profesores enseñaban
y los alumnos estudiaban, que buscaba el desarrollo integral
del alumno como persona y que estaba orientada básicamente
hacia la formación de profesionales para la administración
de empresas. Era económicamente independiente y autofinanciada.
Para 1980 los valores y prácticas de la universidad habían
sido aceptados por sus grupos constitutivos; los profesores
se manifestaban orgullosos de trabajar en ella. Por otro lado,
la Universidad de Lima había sido capaz de ganarse un
lugar en el mundo de la educación universitaria, mostrando
que era posible crear en el país una institución
académica libre de compromisos políticos, con
espíritu de disciplina y mutuo respeto entre profesores
y estudiantes. El estudio mostraba , sin embargo, que los mismos
factores que habían determinado el éxito de la
universidad eran, precisamente, los que había que cambiar
para asegurar un desarrollo saludable. Preocupaba entonces la
erosión de la comunidad académica, los esquemas
de gobierno y la pertinencia de sus ofrecimientos curriculares
. El gran problema que se advertía tenía que ver
con la forma cómo se ejercía el poder. La eliminación
de un organismo externo de control, como lo fue el Consejo Económico;
el desmantelamiento del CONUP, el incremento del poder en manos
del Rectorado, la falta de cultura participativa entre sus miembros,
señalaban como peligro la posibilidad de que la universidad
fuera capturada por un grupo interesado en retener el poder
y usarlo en su propio beneficio.
A veinte años de realizado ese estudio sentimos que nuestros
temores no eran infundados. La estructura de gobierno que Pinilla
introdujo, inspirada en el modelo americano, intentaba librar
a alumnos y profesores de participar en el manejo institucional
a fin de evitar los excesos a que la extrema politización
había llegado en las universidades nacionales. El gobierno
de la institución estaría en manos de un organismo
que a manera de Board of Trustees estaría integrado por
personas ajenas a la universidad y que buscarían lo mejor
para la Universidad y la sociedad. El modelo no llegó
a consolidarse y fue desactivado por el D.L. 17 4 37 lo que
incrementó los poderes del Rector. Esto, sin embargo,
quedó amortiguado por la labor de coordinación
y supervisión que el CONUP representaba. Al desaparecer
CONUP el gobierno de la institución quedó en manos
de sus propios miembros y debió regirse por la ley universitaria
23733. La estructura de gobierno que esta ley impuso se basaba
en la participación de alumnos, graduados profesores
y autoridades en el gobierno de la Universidad, pero lograr
la participación de todos y a la vez obtener resultados
fue mas difícil de lo que parecía. El modelo se
aplicó sólo en la forma recurriéndose a
lo que se ha llamado “la simulación democrática”.
Bajo la apariencia de un gobierno democrático basado
en la participación de profesores, alumnos y graduados
se impuso una peculiar oligarquía que actuaba al margen
de cualquier control efectivo.
Como consecuencia, se exacerbó el autoritarismo creándose
un clima de inestabilidad y de temor que sólo propiciaba
sumisión. Este estilo autoritario se difundió
a todos los niveles de la administración universitaria,
de modo que profesores y personal administrativo tenían
que complacer a los que ejercían el poder a niveles más
bajos de la jerarquía, bajo pena de ser separados de
la universidad. Se empezó a usar una serie de tácticas
para sancionar a quien se atreviera a pensar por sí mismo,
a quien osara “hacer sombra” a los que estaban arriba.
Por otro lado, se consideraba como enemigos y traidores a quienes
aspiraran llegar al poder presentando candidaturas para diferentes
cargos. Esto desalentó todo esfuerzo por participar de
tal modo que las últimas elecciones se llevaron a cabo
con candidato único.
Un aspecto que quedó relegado, sin merecer suficiente
atención es el de la filosofía o doctrina, variable
esencial en toda institución de calidad. La filosofía
es una síntesis de los valores e ideales que los fundadores
intentan que la organización simbolice y es esencial
para lograr identidad, compromiso, lealtad por parte de sus
miembros. Sin una filosofía clara, la conducta de la
institución es errática, lista para seguir lo
que está de moda.
Relacionados con la filosofía institucional están
la misión, la visión y la cultura organizacional.
La misión es la principal razón de existir de
la universidad, tiene que ver con la función que cumple
y con la filosofía básica; nos obliga a preguntarnos
a quien servimos, qué hacemos por ellos. La visión
nos dice cómo queremos vernos, qué queremos que
digan de nosotros en el futuro si es que hemos hecho un buen
trabajo. La visión debe ser compartida por toda la comunidad
para que podamos medir lo que se hace o no se hace. Los cambios
dramáticos que al nivel nacional e internacional encara
la sociedad al comenzar el siglo XXI obligan a la Universidad
a replantear su misión, sus políticas, sus estrategias,
sus programas. Se espera, nada menos, que ayude al país
a insertarse en la sociedad global y lo prepare para la competitividad,
que prepare a los alumnos no sólo para que se inserten
en el mundo del trabajo sino para que puedan convivir en una
sociedad democrática e influir en ella. Para todo esto
se requiere una cultura que promueva el cambio y que estimule
el aprendizaje de todos y cada uno de sus miembros y de la organización
como un todo.
Como hemos afirmado en otro trabajo , el gobierno universitario
no es sólo un problema de estructura sino de cultura.
No basta que la ley modifique los órganos de gobierno
o los mecanismos de elección. Es necesario que sus diferentes
grupos constitutivos internalicen y compartan una serie de valores
académicos que han caracterizado a la universidad a través
de los tiempos; así como valores y estilos característicos
de una cultura organizacional sana, lo que implica transparencia,
apertura, flexibilidad, disposición al diálogo,
trabajo en equipo .
La cultura organizacional son formas compartidas de ver las
cosas; cierta información, creencias, actitudes y valores
que los miembros de una organización comparten. La cultura
organizacional es lo que determina el comportamiento de sus
miembros y puede ser lo que explica el éxito o el fracaso
de la organización. Aunque muchos teóricos hablan
de la universidad como una “organización sueltamente
apareada” donde lo que ocurre en la oficina de las autoridades
no tiene nada que ver con lo que ocurre en las clases , en nuestro
caso esta idea no se aplica. La universidad es un sistema, donde
todo influye en todo. Si sus autoridades no están orientadas
al logro de los altos fines que la universidad se traza, si
en vez de cumplir su parte, aprovechan el poder para sus propios
fines, si desalientan el esfuerzo de profesores, si los desmotivan
sancionando la originalidad, penando el sentido crítico,
aplastando la tolerancia, imponiendo la arbitrariedad y el abuso,
los resultados que se logra, no serán sin duda lo que
dice el catálogo institucional. Un clima de inseguridad,
de miedo, de ansiedad y frustración absorberá
lo mejor de las energías espirituales e intelectuales
de sus miembros sin dejar tiempo ni interés para ofrecer
una educación de primera. En estas condiciones, la participación
estudiantil que podía funcionar como experiencia educativa
necesaria para la formación de líderes puede resultar
totalmente desvirtuada .
Como decía Antonio Pinilla, citando a un gran líder
universitario de USA, la Universidad no se mide por la altura
de sus edificios ni por la cuantía de sus presupuestos
sino por la calidad y manera de ser de sus profesores y alumnos.
Una pregunta que nos formulamos una y otra vez es ¿puede
una institución llegar a influir en el ambiente y propiciar
cambios en él, o necesariamente termina siendo modelada
o influida por ese ambiente?. A comienzos del 60, cuando adquirimos
conciencia del subdesarrollo, estábamos seguros de que
sí era posible influir en la sociedad a través
de una universidad diferente. Eso es lo que se quiso hacer con
la Universidad de Lima. En la actualidad, parecería que
en vez de crear una universidad que transforme la sociedad,
hemos reproducido sus males. En forma consciente o inconsciente
se ha difundido en el ámbito institucional el estilo
de gobierno que a nivel nacional hemos padecido por diez años.
A manera de respuesta tentativa a la pregunta anterior me atrevo
a afirmar que la institución puede generar cambios, siempre
que quienes la conducen hayan experimentado ellos mismos cambios
en su estructura mental y hayan asumido los valores que se quiere
transmitir. Si esto no se da, la ley, las estructuras administrativas,
los cargos, los títulos, lo que se declara en la prensa,
lo que se dice en los discursos, nada de eso puede tomarse en
serio; sólo será la pantalla tras la que se esconden
apetitos, complejos y traumas. Lo están demostrando así
muchos de los políticos locales, regionales y nacionales.
La solución tiene que partir de un análisis profundo
de la situación, de una toma de conciencia del destino
que aguarda a la institución si no se adoptan las medidas
correctivas más urgentes, de un compromiso personal con
el cambio.
Al cumplir 40 años en y para la universidad, me permito
proponer que imaginemos escenarios para el futuro, que nos preguntemos
por un momento dónde queremos estar dentro de diez años
como Universidad y nos encaminemos en esa dirección.
Tengamos el coraje de admitir que podemos haber extraviado el
camino pero que podemos retomarlo. No pongamos todas nuestras
esperanzas institucionales en los edificios e instalaciones,
pongámoslas en nuestra capacidad de extraer lo mejor
de nosotros mismos y de ayudar a los alumnos y a la comunidad
a tener un futuro mejor.
Los desafíos que la Universidad debe encarar son muchos.
Uno de ellos se deriva del ambiente altamente competitivo en
que debe operar. En efecto, debe competir no sólo con
sus contrapartes nacionales en número cada vez mas grande
sino con organizaciones lucrativas de todo tipo que cruzan fronteras
y comercializan servicios de educación superior a un
volumen no imaginado. Ninguna universidad podrá subsistir
por mucho tiempo si no hace un esfuerzo por equiparse con el
talento humano necesario para su compleja misión, si
no incrementa su capacidad de aprender. Esto requiere un esquema
de gobierno que garantice la calidad, la eficiencia, la eficacia,
la pertinencia, la responsabilidad y la transparencia; un gobierno
ágil, responsable, abierto y una gestión que,
sin desnaturalizar la esencia de la institución, le permita
el logro de sus objetivos. Sobre todo, un gobierno que favorezca
la transformación de la Universidad en una organización
inteligente y que permita la participación de alumnos
y profesores en el gobierno institucional, en áreas y
niveles compatibles con sus intereses y capacidades y teniendo
en cuenta su responsabilidad frente a la sociedad.
El cuarenta aniversario, entonces, debe ser una ocasión
no sólo para comentarios elogiosos sino para una autoevaluación,
para reconocer fallas y enmendar errores. Es hora de superar
mecanismos de defensa y condicionamientos que no nos permiten
mirar mas allá de nuestros pequeños intereses
personales. Es preciso recordar siempre que la Universidad no
fue creada para garantizar los intereses particulares de los
profesores o del grupo de que la maneja, sino para el bien común.
No es propiedad de ninguna persona o grupo en particular, lo
que nos hace a todos responsables.
Lo que se necesita, creo yo, es nada menos que un proceso de
conversión. No es poca cosa, pero lo considero posible.
En esta ocasión resultan oportunas unas palabras que
Carlos Cueto, pronunciara en un discurso de orden. Surgieron
de los problemas que encaraba la Universidad de San Marcos en
1947 pero estoy segura que al gran maestro y primer Vice Rector
de la Universidad de Lima no le importará la interpretación
libre que hago de ellas, ni su transposición a nuestra
realidad pues las considero necesaria fuente de inspiración
en esta encrucijada. Decía el maestro:
“si se me preguntara si creo que es posible que la
universidad en el Perú se levante tal como un grupo
numeroso de universitarios la quiere el día de hoy
y si se me llamara la atención acerca de las pesadas
dificultades que es necesario remover y se me indicara el
largo camino que está por delante todavía sin
hollar, yo, fundándome en el grupo de mentes honradas
que conozco y que actualmente trabajan libremente en esta
Universidad, contestaría fríamente que sí,
que es posible”.
Lima, Marzo 2002.